lunes, abril 17, 2006

Desde donde es casi horizonteSube una niebla ligera

Una niebla ligera, un viento siempre nuevo para henchir las velas de los navíos que cruzan la historia, de aquellos barcos en que podríamos pretender alcanzar otros puertos, pero también el barco y la mar y la sombra del ave que surca con su vuelo de enigma el horizonte azul, todo esto y más puede ser la obra de Fernando Pessoa, ese gran portugués que hace 70 años, el 28 de noviembre de 1935 fue internado en el Hospital São Luis dos Franceses, para ser atendido por la crisis hepática que acabaría con su vida dos días más tarde. Había nacido el 13 de junio de 1888 en Lisboa, su padre murió cuando él contaba cinco años, y en Enero de 1896 se trasladó a Durban (África del Sur) con su madre —que había contraído segundas nupcias con el cónsul portugués en la colonia británica de Natal—, para vivir allí y recibir una educación exclusivamente británica, aprendiendo perfectamente las lenguas inglesa y francesa (que su madre hablaba con fluidez), pero sin olvidar sus raíces portuguesas. Regresó definitivamente a Lisboa en 1905, y se desempeñó casi toda su vida como corresponsal en inglés y francés para las casas comerciales que allí funcionaban, participando activamente, pero en grado mucho menor al que podría pensarse, en la vida intelectual y literaria del país. Al morir, contaba sin duda con la admiración de no pocos entre los intelectuales portugueses, e incluso los jóvenes escritores de la revista Presença le habían reconocido su importancia desde el primer número, aparecido en 1927, y ya en el tercer número, a pesar de que sólo once meses antes de su muerte, publicara su primer y único libro en portugués: Mensagem (que obtuvo un irrisorio segundo puesto en el certamen poético del Secretariado de Propaganda Nacional de 1934), afirmaban: “Fernando Pessoa tiene madera de Maestro, y es el más rico en direcciones de nuestros llamados modernistas”. El 29 de Noviembre de 1935, un día antes del desenlace, pidió desde su lecho de enfermo papel y lápiz, y garabateó su última frase que aún hoy se conserva: “I know not what tomorrow will bring” (“No sé que traerá el mañana”). Este artículo no pretende ahondar en la biografía, ni realizar una interpretación profunda de su obra, sino constituirse en una invitación a la lectura de uno de los escritores y pensadores más inquietantes y originales del siglo XX, y sin duda, de la historia.

Un hombre–literatura

Fernando Pessoa hizo de su existencia una literatura, se descompuso mediante espejos imposibles en los reflejos multiformes de un yo que siempre es otro porque de lo contrario, no podría acercarse sin divergir a su propia realidad. La soledad signó tanto su existencia como su obra proporcionando a una y otra la vitalidad, la riqueza y la pluralidad que las caracterizan, y sirvió como terreno para el desarrollo de su permanente inquietud por las ciencias ocultas, la magia y los sueños. Sin embargo, su soledad no fue una soledad contemplativa, sino una soledad creadora, vibrante, en permanente ebullición. Nunca creyó o dudó de la realidad, sino que la vivió como quien la lee en un libro, construyéndola y destruyéndola a cada instante, página tras página.

Su vida fue plural como correspondía a su personalidad. Sus desdoblamientos en heterónimos no son síntomas de una personalidad que no alcanza su cohesión, sino rostros, máscaras de una única personalidad que precisa ser creadora, que precisa multiplicarse para alcanzar su verdadera unidad. Fue consciente de que el poeta debe transformarse permanentemente en sí mismo para huir de la permanencia, para no petrificarse, para seguir siendo viento y hálito, y encontrar en el silencio, en ese silencio que espanta al corazón con la certeza de que tampoco él puede hablar, esa única posibilidad de correspondencia con el mundo, con el orden general de las cosas. Sus heterónimos, aparte de un cierto carácter deliberado, tienen como telón de fondo profundos conceptos de vida que se encuentran cosidos unos a otros con el hilo de una duda existencial permanente. En medio de sus contemporáneos, Pessoa se entregó al área indeterminada que se sitúa entre la idea y el lenguaje, entre la emoción y la expresión, y así como mediante sus escritos es capaz de transportar al lector a esa zona oscura donde la conciencia de sí se confunde con la incertidumbre, recorrió el mismo camino con el drama de su conciencia para hacer surgir de ella otras conciencias, para efectuar en sí mismo la despersonalización máxima de un personaje de la literatura. Dividiéndose exteriormente en varios poetas, Fernando Pessoa hizo de su propia división interior la posibilidad de unificarse. En Diciembre 12 de 1919, escribió dos versos que refuerzan esta idea de su vida–literatura: “Meu ser vive na Noite e no Desejo / Minha alma é uma lembrança que há em mim” (“Mi ser vive en la Noche y el Deseo / Mi alma es un recuerdo que hay en mí”). Movido por una pulsión del absoluto vivió su vida en pos del misterio, habitando la oscuridad de las palabras escritas, de la tinta, del anonimato de un cuarto pequeño que guardaba un baúl, y supo que también “el alma es literatura” como escribió en el poema de Junio 11 de 1932:

 

¡Cuán suave es el aire! ¡Cuán bueno
Parece todo lo que hay en la vida!
Así, pudiera mi corazón
Sentir ya esa certeza,

Pero no. Sea la selva oscura
O sea un Dante más diverso,
El alma es literatura
Y todo acaba en nada y verso.

 

Para Pessoa lo particular y lo universal se identifican, le basta un simple muelle en un puerto de Lisboa , desde donde partieron las naves de los descubrimientos en los siglos XV y XVI, para tener allí todo el mundo expresado, todos los muelles y todos los mares, así como las tierras por ellos circundadas, toda Lisboa, e incluso todo Portugal pueden estar en cualquier calle de la Baixa, o en el café Martinho da Arcada, pues en su obra el espacio se cierra sobre sí, se hace interior, deviene simultáneamente puntual e infinito. En su vida, Pessoa fue también un personaje ejemplar de la literatura de nuestro siglo, el prototipo del hombre–nulidad que, un día, podría como Gregor Samsa despertarse convertido en insecto. Multiplicado en su interior, Pessoa se torna un circuito cerrado, y en ciertos sentidos, un sistema autosuficiente, la expresión de su vida, multiplicada en muchas vidas interiores, no fue otra que la que correspondería al personaje de una novela, de esa novela que empezó a escribirse en occidente después de que la noción de “yo” comenzara a experimentarse (o padecerse) como degradación. Nietzsche se preguntó alguna vez (poco antes que Pessoa), “¿Pero cuándo, oh, cuándo comenzó a apestar el yo?”, y Pessoa, desencantado, buscó expandir su yo en una diversidad de figuras que terminaron por ocultarlo, por hacerlo devenir otro, como único camino para lograr su conquista.

Fernando Pessoa: El yo y los otros.

Es sin duda sorprendente que una sola existencia, un solo individuo, sea el lugar de confluencia de vibraciones humanas de índoles tan diversas como lo fue Fernando Pessoa. Podría decirse que el fenómeno de la heteronimia, o mejor dicho, su punto más alto en la historia de la literatura como se dio en Pessoa, es paradójico y, en cierta medida, equívoco, él mismo solía decir que “fingir é conhecer-se” (“fingir es conocerse”), y fue a través de sus fingimientos, de sus heterónimos, como se dispersó esta unidad vital que cada día se nos revela más variada y excitante. Sus escritos siguen publicándose —cual si se tratara de un autor vivo— con los temas, estilos y nombres más diversos, los artículos y libros sobre su vida y su obra ya han superado con mucho el volumen de ésta, y sin embargo, Pessoa permanece, en gran medida, desconocido.

En su ser más íntimo, aceptando que exista uno, se superponen y confunden dos culturas, no menos de tres lenguas, una inteligencia aguda, un carácter inquebrantable y una imaginación prodigiosa. El lector no puede menos que recorrer sus obras de un lado a otro, de un heterónimo a otro, en busca de aprehender aquella realidad interior que encierran, esa constante creación y autodestrucción del yo en busca de otros que puedan convertirse en captadores de realidades múltiples y, al mismo tiempo, fundamentales. A través de sus pessoas, antitéticas a un tiempo que complementarias, Pessoa nos obliga a recorrer un camino pleno de bifurcaciones, un laberinto de personalidades y obras que conduce a un centro mágico, disgregado y misterioso, por el cual él discurre personificado en cada una de sus máscaras. Las obras heterónimas son del autor fuera de su persona —nos dice—, son de una individualidad completa fabricada por él, como lo serían las palabras de cualquier personaje de uno de sus dramas. En el caso de Pessoa, cada una de estas personalidades debe ser considerada como distinta de él mismo, cada una forma una especie de drama, y el conjunto de ellas, otro drama, su “drama em gente” —un drama que se desenvuelve en personajes y no en actos—. Suele hablarse de Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos como los únicos heterónimos de Pessoa, y decirse que su obra fue escrita por cuatro poetas (los tres anteriores y el propio Fernando Pessoa), y si bien no puede rechazarse de plano esta afirmación —dado que entre los personajes del “drama em gente” de Pessoa, fueron éstos quienes alcanzaron el mayor nivel de definición y, por así decirlo, de individualidad—, debe no obstante reconocerse que fueron muchas otras las máscaras, muchos otros los personajes que por una u otra razón no alcanzaron a condensarse en la nebulosa imaginativa de nuestro autor, o de los cuales no hemos tenido la suficiente noticia. Entre sus papeles se encuentran más de 70 nombres, que si bien no alcanzaron a concretarse como los heterónimos ya mencionados, sí deben ser considerados como pruebas inapelables de la increíble pluralidad del autor. El baúl que contenía sus obras, hoy guardadas en la Biblioteca Nacional de Portugal, arrojó un total inventariado de 27.543 folios —la mayor parte de ellos manuscritos—, los cuales todavía no han sido publicados completamente ni siquiera en Portugal. Por esta razón, y como bien anotara uno de sus traductores al castellano, Ángel Crespo, todo lo que se diga acerca de su obra, sigue teniendo un carácter provisional.

Algunos Pessoas

Si bien la parte más conocida de la obra pessoana es su poesía, debe tenerse muy en cuenta que también nos legó hermosas páginas de prosa como las del Libro del Desasosiego (firmado por Bernardo Soares), cuentos y proyectos de novelas policíacas, originales páginas de reflexión estética y literaria, agudas anotaciones sobre filosofía y teología, inquietantes escritos esotéricos y sobre ciencias ocultas, lúcidas exposiciones sobre política y comercio, y no pocas páginas cuya diversidad de estilo y contenido las hace difíciles de clasificar. Aparte de los ya mencionados heterónimos, podemos resaltar entre los muchos otros nombres de máscaras por él utilizadas, los de:

  Antonio Mora. Filósofo recluido en una clínica psiquiátrica de Cascais, discípulo como Reis, Campos y el propio Pessoa de Alberto Caeiro, y estudioso del paganismo.
Rafael Baldaya. Astrólogo y especulador metafísico que en sus obras dice hablar en nombre de la “verdadera ciencia esotérica”, en contra de la teosofía.
Alexander Search. De nombre inglés pero nacido en Lisboa, con quien Pessoa mantuvo correspondencia hasta 1899 y que aparece como autor de poemas y ensayos en inglés así como del cuento titulado A very original dinner (“Una cena muy original”).
Coelho Pacheco
. Discípulo de Caeiro, y autor de un único y extenso poema en el que parecen mezclarse las personalidades de Caeiro y Campos, y quizás —aunque es arriesgado decirlo—, un heterónimo del heterónimo Álvaro de Campos.
Bernardo Soares
. Ayudante de contador en la ciudad de Lisboa. Autor del extraño y hermoso diario O Livro do Desassossego (“El Libro del Desasosiego”).
Abilio Quaresma. Detective Privado. Autor de cuentos policíacos en los cuales él era también protagonista.
Pero Botelho. Autor de un “cuento filosófico” titulado O Vencedor do Tempo (“El Vencedor del Tiempo”), y que fue transcrito por el también heterónimo Profesor Serzedas.
Jean Seul de Méluret. Nacido en 1885 según cuenta Pessoa en una ficha autógrafa, y autor de muchos poemas en francés y algunos textos satíricos en esta misma lengua.
 

En fin, todos éstos, y muchos otros cuyos rastros (pequeñas notas biográficas, horóscopos, escritos firmados, discusiones transcritas con otros de ellos, tarjetas de presentación, ensayos de caligrafía, etc.) siguen y siguen apareciendo día a día, mostrándonos cada vez más vasto este conjunto cuyo centro no logramos aprehender. Bastaría quizás, como han creído muchos, tener en cuenta la importancia de los problemas tratados por Pessoa —y por todos los pessoas—, a saber, la Conciencia, el Ser, la Soledad, el Yo, para reconocerlo como una de las piezas claves de la historia de la literatura del siglo XX, como una figura turbadora e incitante, pero la heteronimia le suma a este hecho un velo adicional de misterio que lo hace más atractivo e inquietante, más digno de atención y estudio.

Coda

Un poema que Fernando Pessoa escribió y firmó con su nombre el 4 de marzo de 1931, y del cual no existe una previa traducción al castellano puede también ayudarnos a comprenderlo, pues todo intento de exégesis sólo logrará alejarnos de esa realidad misteriosa que habita en la obra de arte y cuya existencia, como diría Rilke, perdura junto a la nuestra que desaparece.

 

Desde donde es casi horizonte
Sube una niebla ligera
Y acaricia al pequeño monte
Que descansa en la delantera.

Y con sus brazos de harapo
Casi invisibles y fríos,
Deja caer su ser de trapo
Sobre sus contornos blandos.

Desde lo alto medito
La niebla sólo con verla.
¿La vida? ¡No creo en ella!
¿La creencia? ¡No sé vivirla!

 

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