viernes, noviembre 02, 2007

Rafael Baldaya: Astrólogo en Lisboa

“Yo soy el corazón; y la Serpiente está enroscada

Alrededor del núcleo invisible de la mente.

¡Levántate, serpiente mía! Ya es la hora

De la encapuchada y santa flor inefable.”

Aleister Crowley

(Textos sagrados de Thelema. Liber LXV)

En febrero de 1908, un extraño personaje se allegó, caminando por la Rua da Conceição da Glória, al número 38-40 dónde se encontraba la Empresa YBIS, Typographica e Editora, Officinas a Vapor; para solicitar la impresión de sus tarjetas personales. El contenido acordado para una cantidad de 500 y de acuerdo con un diseño clásico, fue:

RBaldaya

Siete años después, el dueño de la efímera Empresa YBIS, quien no había estado presente cuando se encargó el trabajo, encontró entre los papeles que de ella le quedaban algunas de las tarjetas de presentación de aquel personaje, y con su afición por la numerología, no tardó en encontrar un símbolo en que el número de la dirección, fuera el primer número capicúa de tres dígitos que puede formarse a partir de la multiplicación por sí mismo del primero de los números capicúa.

Enfundado en su traje negro de paño inglés e impecable confección, con su piel morena y opaca, sus ojos profundos y negros, su nariz prominente, y su larga pero despoblada barba, tocaba su cabeza con un sombrero de ala ancha resaltando ese aire de rabino expulsado del ghetto que intenta pasar desapercibido en una sociedad no judía.

En su cuarto, una cajonera alta guardaba sus pertenencias y mantenía, sobre ella, un astrolabio del siglo XV que habría pertenecido a su tatarabuelo, quien practicó la alquimia. En la mesita de noche que sostenía la lámpara con la que solía leer, descansaban, sobre otros libros de menor relevancia, el “Treatisse on General Astrology” de Robert Fludd, y “Ennoea, ou tratado sobre o entendimento da pedra filosofal” de Castello Branco. Solía quedarse levantado hasta muy tarde en la noche sumido en las reflexiones que le suscitaban sus investigaciones astrológicas o sus lecturas; y en las mañanas, después de tomar un café negro a las 8:00 A.M., se acostaba nuevamente hasta pasado el medio día cuando salía para su consultorio, ubicado a dos cuadras de su apartamento.

Sentado en las bancas de la Praza da Ribeira, consumía las tardes de los sábados, escribiendo en las hojas de un cuaderno de contabilidad, los borradores de las que serían sus obras: “Tratado da Negação” y “Principios de Metafísica Esotérica”. En los que perfilaba su ataque frontal a la teosofía a la que consideraba una “democratización del paganismo, su cristianización”.

En las fechas correspondientes a la luna nueva, tomaba un autobús que recorre la carretera que conduce a Sintra, leyendo el Diário de Noticias hasta llegar a la entrada de A Boca do Inferno, donde descendía y caminaba hasta el borde del acantilado para permanecer, durante horas, meditando y quizás, en comunicación con otros espíritus.

Su tiempo fue incierto, nunca se supieron las fechas que encerraron su historia, las escasas tarjetas impresas que se conservan, y pocos fragmentos dactilografiados del contenido de sus cuadernos son el único testimonio de su paso por el mundo, pero éstos poco tienen qué decir.

Las estrellas nunca mostraron su sino, y quizás su existencia sólo haya sido el reflejo de una de ellas en la ventana expectante de un cuarto pequeño que contenía un baúl.

Antonio Mora

 

“Tuve un sueño y no estaré tranquilo
mientras no sepa lo que significa”

(Daniel 2,3)

 

Cuando niño, Antõnio Moura poseía una ciega fe religiosa y gustaba de ir siguiendo, paciente, día tras día, el oscuro germinar de la hierba en el patio. Ya en esta época dormía poco y, en el silencio matinal de la casa de sus tías, sentía correr por sus venas el miedo informe de la eternidad, del tiempo ilimitado. Algo rollizo en sus primeros años de vida, alcanzó la madurez con una notable estatura. Dedicó toda su vida al estudio concienzudo de la filosofía y las religiones, pero deseando siempre regresar hasta ese lugar vago y sin memoria desde el cual había llegado al mundo.

A través de un camino solitario, sembrado de árboles antiguos cuyas ramas se mecían con el mismo viento que hacía silbar la puerta mal cerrada del coche, el joven filósofo Antõnio Moura regresaba a su casa después de un día en la ciudad. Había culminado ya sus estudios y, poseedor de una herencia que le permitiría vivir dignamente, se encerró en su quinta de las afueras de Cascais para preparar su obra: O Regreso dos Deuses, en la que fundaría la religión más verdadera, la más cercana a la Naturaleza, y por tanto, la más apropiada para la orientación y el disciplinamiento de las sociedades. Discípulo emérito del poeta sensacionista Alberto Caeiro, quizás no haya leído sus obras. En circunstancias extrañas decidió cambiar su nombre por el menos portugués y casi enigmático de Antonio Mora.

Rubio y fino, sus ojos de un azul pálido albergaban una mirada viva cruzada en ocasiones por el mal humor de quien ha probado la vida y le ha encontrado un sabor amargo; un aire distante y ensimismado era reforzado por la cadencia distraída de su caminar. Sus gestos tenían la ligereza sin cansancio ni sombra que tiene la mañana, y al recogerse tras la jornada, continuaba dormida en su garganta la misma voz gruesa y sonora de su despertar. Casi nunca se le oía hablar. Durante su estancia en Lisboa, abstraído por su imaginación, marchaba sin nostalgia por la Rua Garret hasta el Largo das Duas Igrejas con los hombros encogidos y las manos en los bolsillos para sentarse al lado de la verja de una casa abandonada; aguardando, sin saber a qué.

Consumió el dinero de la herencia en atiborrar su casa con estatuas de dioses de todas las religiones del mundo. Leía incansablemente a Esquilo y escribía, con una letra menuda, alargada y pareja, sus reflexiones filosóficas en el amarillento papel que transportaba a todas partes metido en un cartapacio de cuero negro. Su fortuna estaba ya terminándose, y la criada vieja que le había cuidado cuando niño, murió sin que él se diese por enterado; hacía ya varios años que no hablaba con nadie y su pelo y su barba se habían tornado blancos.

Denunciado ante las autoridades de salud por una de sus criadas, fue internado en Septiembre de 1914 en la Casa da Saúde de Cascais, habiéndosele diagnosticado una “paranoia acompañada de psicosis intermitentes”; entonces, recuperó su afición de niño a observar pacientemente aquello que crece, y pasaba horas enteras, día tras día, reclinado sobre la ventana de su cuarto, observando una planta que crecía del otro lado; recordando aquel rincón del jardín de su casa infantil, donde, sentado en el primer peldaño de la escalera de granito, en las largas tardes del verano, escuchaba una madre que no era la suya tocar el piano y cantar como quien está alegre y no percibe el paso del tiempo.

El loco bullicio de la Praza de São João hacía retumbar la pared del lado opuesto a la puerta en la noche del año nuevo, y contrario a casi todos los residentes del lugar, el doctor Antonio Mora permanecía sentado en su cama, leyendo y releyendo las amarillentas hojas que, en su caligrafía ya borrosa, contenían los capítulos que compondrían su obra. Pensaba en publicar una revista que se llamaría Athena, y que ayudaría a las sociedades en la adecuación del terreno para el regreso de los dioses, para una nueva religión pagana, plural como la Naturaleza, humana y política.

Fue allí, en la Casa da Saúde de Cascais, donde Fernando Pessoa, en una visita acudida por el Dr. Gama —psiquiatra director del lugar— conoció al doctor Antonio Mora, quien, ataviado con una larga túnica blanca, bajo la cual llevaba el cuerpo desnudo como los antiguos romanos, recorría el pasillo que conducía al patio, y, para asombro del Dr. Gama, se detuvo a saludar al visitante con esta extraña expresión: “estaba esperando su llegada”. Era el 11 de Agosto de 1916, un viernes en la tarde, y después de una breve conversación cuyo contenido aún se desconoce, el filósofo encomendó al recién conocido Pessoa, el viejo cartapacio que por tantos años le había acompañado y que contenía los manuscritos de sus obras: “O Regreso dos Deuses”, “Os fundamentos do paganismo – Teoría do Dualismo Objetivista”, “Prolegómenos a uma reforma do paganismo”, y algunas notas dispersas.

Sin despedirse, Antonio Mora emprendió nuevamente su recorrido hacia el patio y una vez allí, caminando de un lado a otro, comenzó a recitar de forma circular, reiterada, infinita, el comienzo de la lamentación de Prometeo del Prometeo Encadenado de Esquilo:

“¡Oh éter celeste y vientos de rápida carrera,
oh, fuentes de los ríos y sonrisa infinita
de las olas marinas y tierra, nuestra madre,
y sol, que miras todo con tu ojo circular,
yo os invoco! ¡Ved cómo tratan a un dios los dioses!”

Todavía hoy, hay quienes, recorriendo en horas de sombras, de un lado a otro, el patio de la Casa da Saúde de Cascais, dicen seguir escuchando la lamentación de Prometeo; no obstante, los funcionarios encargados de la administración se empeñan en decir que en los registros de pacientes no aparece nadie llamado Antonio Mora, ni Moura, ni nombre alguno que se le parezca, y que el único Dr. Gama que ha prestado sus servicios al hospital murió en el año 1870. Y es que aún hay muchos seres en el mundo que, por más que los miremos, no dejan de tener apariencias fantasmales.

Abilio Quaresma: Detective Privado en Lisboa

“Realmente fui amigo de Quaresma; su recuerdo me duele verdaderamente.”
F. Pessoa
Desde la ventana de su oficina en la segunda planta del edificio Babilônia ubicado sobre la tranquila y colorida Rua dos Fanqueiros, el Doctor Abilio Quaresma espiaba la vida. Había nacido hacia 1880 en Tavira, pequeño pueblo portugués en la costa del Algarve cuyas casas, blanqueadas con cal y que bien podrían situarse en las costas de Sicilia o Grecia, semejan un cuadro cubista; trasladado con su familia a Lisboa cuando apenas contaba cinco años de edad, se educó allí para ser médico. Sin embargo, dada su poco usual inteligencia —cualificada como del tipo “Inteligencia Filosófica” por su colega Tío Puerco—, se dedicó con gran éxito al oficio de Detective Privado.
Su sombra, casi inexistente debido a la delgadez de su cuerpo, le acompañó siempre; parecía tener más personalidad que su propia figura débil y enjuta, que sumada a una escasa estatura le daban ese aire de insignificancia nunca afectado por la buena alimentación en el Cassimiro y su afición a la amplia variedad de licores de A Brasileira do Chiado, lugar donde solía pasar las tardes de verano, acodado al mostrador y leyendo —siempre atrasado— el Correio da Manhã (diario menor de la capital lusitana).
Sus ojos por naturaleza febriles, no parecían cambiar nunca de expresión; y de no ser por los continuos parpadeos que le causaba el humo de los puros ingleses que jamás logró mantener encendidos hasta el final, se habría dicho que era ciego. Aprendió el francés leyendo a Shakespeare, sin conocimiento previo de ninguna otra obra suya, en una terrible edición de 1906; asimismo, pasaba incontables horas de ocio reclinado sobre su escritorio tratando de lograr, sin progreso aparente, idéntica proeza con un grueso volumen encuadernado en piel de carnero y que contenía un texto en caracteres cirílicos que, si atendía al vaticinio que años antes de comprarlo le había hecho el astrólogo Rafael Baldaya, se trataría de una de las entonces famosas pero desconocidas obras de Fiodr Dostoiewsky, y su título se traduciría al portugués por “Crime e Castigo”.
El Dr. Quaresma era por naturaleza, podría incluso afirmarse que orgánicamente, antipositivista; sus casos, al igual que lo hiciera Auguste Dupin, los resolvía a distancia, pues consideraba dañina para la solución de un caso la observación directa de lo real; reconstruía la verdad sin verla, idealizándola, y sostenía sin titubear que “una vez diferenciados los datos, basta el razonamiento para concluir cualquier investigación”. Disciplinado hasta la manía, era imposible encontrar en su oficina algo que estuviese fuera de sitio.
En sus más de cincuenta años de vida en Lisboa sólo conoció diez de sus calles, tres lugares públicos, su cuarto y su oficina (ambos ubicados sobre la misma Rua dos Fanqueiros); y a pesar de esto, resolvió casos que no sólo habían ocurrido en todas las regiones de Portugal, sino también muy lejos de allí. Resolvió, por ejemplo, un extraño caso ocurrido en São Paulo (Brasil) veinte años antes de su nacimiento y del cual nadie le había dado noticia. Los lugares nunca visitados de sus casos, se convertían, una vez en la dimensión del concepto y del cálculo, en laberintos geométricos que aparecían completamente lineales y llanos en la exposición de sus resultados investigativos. Tampoco el tiempo fue obstáculo para su facultad de raciocinio y su increíble olfato deductivo pues llegó incluso a solucionar casos que aún no habían ocurrido y que sin duda hubieran desconcertado a cualquier otro detective.
El 30 de noviembre de 1935 el Dr. Quaresma, como acostumbraba hacerlo siempre que se le presentaba un caso, pero esta vez sin que nadie le hubiera visitado o llamado telefónicamente, tomó su sombrero que por alguna razón sintió estrecho al ponérselo, se instaló dentro de su grueso abrigo de paño y salió caminando a lo largo de la Rua dos Fanqueiros, con esa gravedad que le sumaban siempre sus momentos de máxima concentración deductiva, para girar luego a la izquierda en el Largo dos Franceses pasando frente al Hospital San Luís hasta arribar, como siempre, al Terreiro do Paço, bajo cuyas arcadas había resuelto casi la totalidad de sus casos, mientras miraba ciegamente los barcos que atracaban en un muelle cercano; ese día, los ojos perdidos sobre el Tajo, devaneaba en una absurda frase en ese inglés que no comprendía y que, sin embargo, sentía tan cercano: “I know not what tomorrow will bring”...
Nadie volvió a ver al Doctor Abilio Quaresma, y, por lo demás, quizá nadie lo haya visto nunca. Así como sus hermanos, vivió una vida fuera del tiempo, y, tal vez pueda decirse: su existencia nunca tuvo la densidad de una vida real.