viernes, noviembre 02, 2007

Abilio Quaresma: Detective Privado en Lisboa

“Realmente fui amigo de Quaresma; su recuerdo me duele verdaderamente.”
F. Pessoa
Desde la ventana de su oficina en la segunda planta del edificio Babilônia ubicado sobre la tranquila y colorida Rua dos Fanqueiros, el Doctor Abilio Quaresma espiaba la vida. Había nacido hacia 1880 en Tavira, pequeño pueblo portugués en la costa del Algarve cuyas casas, blanqueadas con cal y que bien podrían situarse en las costas de Sicilia o Grecia, semejan un cuadro cubista; trasladado con su familia a Lisboa cuando apenas contaba cinco años de edad, se educó allí para ser médico. Sin embargo, dada su poco usual inteligencia —cualificada como del tipo “Inteligencia Filosófica” por su colega Tío Puerco—, se dedicó con gran éxito al oficio de Detective Privado.
Su sombra, casi inexistente debido a la delgadez de su cuerpo, le acompañó siempre; parecía tener más personalidad que su propia figura débil y enjuta, que sumada a una escasa estatura le daban ese aire de insignificancia nunca afectado por la buena alimentación en el Cassimiro y su afición a la amplia variedad de licores de A Brasileira do Chiado, lugar donde solía pasar las tardes de verano, acodado al mostrador y leyendo —siempre atrasado— el Correio da Manhã (diario menor de la capital lusitana).
Sus ojos por naturaleza febriles, no parecían cambiar nunca de expresión; y de no ser por los continuos parpadeos que le causaba el humo de los puros ingleses que jamás logró mantener encendidos hasta el final, se habría dicho que era ciego. Aprendió el francés leyendo a Shakespeare, sin conocimiento previo de ninguna otra obra suya, en una terrible edición de 1906; asimismo, pasaba incontables horas de ocio reclinado sobre su escritorio tratando de lograr, sin progreso aparente, idéntica proeza con un grueso volumen encuadernado en piel de carnero y que contenía un texto en caracteres cirílicos que, si atendía al vaticinio que años antes de comprarlo le había hecho el astrólogo Rafael Baldaya, se trataría de una de las entonces famosas pero desconocidas obras de Fiodr Dostoiewsky, y su título se traduciría al portugués por “Crime e Castigo”.
El Dr. Quaresma era por naturaleza, podría incluso afirmarse que orgánicamente, antipositivista; sus casos, al igual que lo hiciera Auguste Dupin, los resolvía a distancia, pues consideraba dañina para la solución de un caso la observación directa de lo real; reconstruía la verdad sin verla, idealizándola, y sostenía sin titubear que “una vez diferenciados los datos, basta el razonamiento para concluir cualquier investigación”. Disciplinado hasta la manía, era imposible encontrar en su oficina algo que estuviese fuera de sitio.
En sus más de cincuenta años de vida en Lisboa sólo conoció diez de sus calles, tres lugares públicos, su cuarto y su oficina (ambos ubicados sobre la misma Rua dos Fanqueiros); y a pesar de esto, resolvió casos que no sólo habían ocurrido en todas las regiones de Portugal, sino también muy lejos de allí. Resolvió, por ejemplo, un extraño caso ocurrido en São Paulo (Brasil) veinte años antes de su nacimiento y del cual nadie le había dado noticia. Los lugares nunca visitados de sus casos, se convertían, una vez en la dimensión del concepto y del cálculo, en laberintos geométricos que aparecían completamente lineales y llanos en la exposición de sus resultados investigativos. Tampoco el tiempo fue obstáculo para su facultad de raciocinio y su increíble olfato deductivo pues llegó incluso a solucionar casos que aún no habían ocurrido y que sin duda hubieran desconcertado a cualquier otro detective.
El 30 de noviembre de 1935 el Dr. Quaresma, como acostumbraba hacerlo siempre que se le presentaba un caso, pero esta vez sin que nadie le hubiera visitado o llamado telefónicamente, tomó su sombrero que por alguna razón sintió estrecho al ponérselo, se instaló dentro de su grueso abrigo de paño y salió caminando a lo largo de la Rua dos Fanqueiros, con esa gravedad que le sumaban siempre sus momentos de máxima concentración deductiva, para girar luego a la izquierda en el Largo dos Franceses pasando frente al Hospital San Luís hasta arribar, como siempre, al Terreiro do Paço, bajo cuyas arcadas había resuelto casi la totalidad de sus casos, mientras miraba ciegamente los barcos que atracaban en un muelle cercano; ese día, los ojos perdidos sobre el Tajo, devaneaba en una absurda frase en ese inglés que no comprendía y que, sin embargo, sentía tan cercano: “I know not what tomorrow will bring”...
Nadie volvió a ver al Doctor Abilio Quaresma, y, por lo demás, quizá nadie lo haya visto nunca. Así como sus hermanos, vivió una vida fuera del tiempo, y, tal vez pueda decirse: su existencia nunca tuvo la densidad de una vida real.

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