domingo, junio 17, 2012

Llueve lejana e indistintamente




LLUEVE LEJANA E INDISTINTAMENTE
(Imágenes de lluvia en la obra de Fernando Pessoa)
Por: Carlos Ciro
Ponencia preparada para: Invernía, encuentro con Pessoa y sus otros... (Convocado por Elemental Teatro)
Medellín, 15 de junio de 2012


[Un archivo con la grabación de audio del evento puede descargarse aquí: http://goo.gl/s1BZ6]



PRIMER MOMENTO:  Pasa una nube frente al sol


(...) cuando una nube pasa la mano sobre la luz
y corre un silencio sobre la hierba.
Alberto Caeiro


Solemne pasa sobre la fértil tierra
la blanca, inútil nube fugitiva
Ricardo Reis


Como si fuese la sombra de una nube que cruzase sobre el agua sombría
Álvaro de Campos


Pasa una nube frente al sol.
Pasa una pena por quien ve.
El alma es como un girasol:
Gira hacia lo que no está al pie.
Fernando Pessoa


Fue una tarde de otoño, cuando el cielo tiene un calor frío, muerto,
y hay nubes que asfixian la luz en cobertores de lentitud.
Bernardo Soares


Nube. Estela de agua en el aire. Símbolo que se opaca en el gesto de pasar. La nube es lo pasajero inaprensible, vaguedad que clama por la luz que oculta y escucha la respuesta del camino que quiere recorrer, de la tierra que quiere desposar para luego abandonar. Nube que vaga entre la tierra y el cielo, que habita ese "entre" que es el aire. Móvil suspensión entregada al despliegue voluptuoso de sus formas. Nube que sólo puede tenerse mientras no se retenga, mientras se registra una y otra vez su paso. Nube que denuncia la desnudez del cielo cual las telas raídas del mendigo, la desnudez sin cuerpo del cielo, ese afuera que no es fuera ni dentro: sólo ausencia. Nube, como el hombre, hecha de la materia de los sueños (al decir de Shakespeare); nube que es forma y movimiento, paisaje sin márgenes, espacio en blanco. Intervalo entre el ser y el no-ser, siempre pasando; universo en continua transformación; magia líquida abandonada al capricho del viento.

Para Gaston Bachelard las nubes presiden "sueños alucinantes" pero también fáciles y efímeros y representan un "imaginario sin responsabilidad", son un símbolo de aire; sin embargo, en Fernando Pessoa, las nubes —imágenes de pasajeridad— son movimiento, son devenir, son imagen del río heraclíteo; pero también, en su materia acuática, fuente generadora de todo (como en la concepción de Tales de Mileto); y también lo indistinto, lo indeterminado, lo indefinido.


Coro:
Llueve lejana e indistintamente


Fragmento 332 del Libro del desasosiego. (Fragmento 147 en la traducción de Ángel Crespo; 204 en las traducciones de Perfecto Cuadrado y Santiago Kovadloff; y 334 en la traducción de Manuel Moya).

Nubes... Hoy tengo consciencia del cielo, pues hace días que no lo miro mas lo siento, viviendo en la ciudad y no en la naturaleza que la incluye. Nubes... Pasan del muelle hacia el Castillo, de Occidente hacia Oriente, en un tumulto disperso y despojado, blanco a veces, se van desharrapadas a la vanguardia de no se qué; medio-negras otras, acaso, más lentas, tardan en ser barridas por el viento audible; negras de un blanco sucio, tal vez, como si quisiesen quedarse, ennegrecen más por su llegada que por la sombra a eso que las calles abren como espacio falso entre las líneas del caserío que confinan.
Nubes... Existo sin saberlo y moriré sin quererlo, Soy el intervalo entre lo que soy y lo que no soy, entre lo que sueño y lo que la vida hizo de mí, la media abstracta y carnal entre cosas que no son nada, siendo también yo nada. Nubes... ¡Qué desasosiego si siento, qué incomodidad si pienso, qué inutilidad si quiero! Nubes... Están pasando siempre, unas muy grandes, pareciendo, porque las casas no dejan ver si son menos grandes de lo que parecen, que van a cubrir todo el cielo; otras de tamaño incierto, pudiendo ser dos unidas o una que va a partirse en dos, sin sentido en el aire alto contra el cielo fatigado; otras incluso, pequeñas, que parecen juegos de cosas poderosas, abalorios irregulares de un juego absurdo, sólo hacia un lado, en un gran aislamiento, frías.
Nubes... Me interrogo y me desconozco. Nada he hecho que sea útil y nada haré que sea justificable. He gastado la parte de la vida que no perdí en interpretar confusamente cosa ninguna, haciendo versos en prosa a las sensaciones intransmisibles con que torno mío el universo incógnito. Estoy harto de mí, objetiva y subjetivamente. Estoy harto de todo, y del todo de todo. Nubes... Son todo, desarreglos de lo alto, hoy sólo ellas cosas reales entre la tierra nula y el cielo que no existe; harapos indescriptibles del tedio que les impongo; niebla condensada en amenazas de color ausente; sucias motas de algodón crudo de un hospital sin paredes. Nubes... Continúan pasando, continúan siempre pasando, pasarán siempre continuando, en un enrollamiento discontinuo de madejas opacas, en un alargamiento difuso de falso cielo deshecho.


Coro:
Llueve lejana e indistintamente


Se trata, como vemos, de un fragmento en que las nubes son protagonistas al tiempo que revelan la ausencia del verdadero protagonista; de ese personaje imposible que "vive en la ciudad y no en la naturaleza que la incluye"; de ese habitante de lo inhabitable que sabe su destino entretejido en la opacidad de la nube, a merced de la tibia quietud del viento que lo mece. Bernardo Soares se sabe como un simple tránsito aún sin la seguridad de saberse. También él es una nube. Al igual que la nube "existe sin saberlo y morirá sin quererlo"; es tan sólo un intervalo entre dos oquedades: el ser y el no-ser; un intervalo abierto pendiendo en el vacío de una cuerda desatada, sin asidero.

En el fragmento, las nubes son también el contrapunto musical de esa escena que no ocurre sobre el escenario inexistente que cruzan sin origen ni destino esas "ficciones del intervalo y del descamino" ataviadas con los "harapos del tedio". Las nubes son esa sonoridad soterrada, intermitente, que impide la irrupción de las "sensaciones intransmisibles" del todo que causan el hartazgo en el vértigo de la vacuidad; más que música es el sonido de la rueca irreal que devana el hilo de la nada en un ovillo sin eje.



SEGUNDO MOMENTO: Lluvia cae del cielo ceniciento


Pensar incomoda como andar bajo la lluvia
cuando el viento crece y parece que llueve más
Alberto Caeiro


Lo conseguido es dado; todo es impuesto.
Placer o tristeza son, cual el sol o la lluvia,
dados (...)
Ricardo Reis


Pero, ¿quién se fija en el sol sino cuando la lluvia cesa
y el rompe las nubes y señala más allá de las costas
hacia el azul del cielo?
Álvaro de Campos


Lluvia cae del cielo ceniciento
que no tiene razón de ser.
Incluso mi pensamiento
tiene lluvia escurriendo en él.
Fernando Pessoa


Mis ojos ven sin atención, y construyo en mí esa imagen acuosa que,
mejor que cualquier otra, y por haber pensado que caería lluvia,
se ajusta a este movimiento incierto.
Bernardo Soares


La lluvia cae y es el agua que todo lo engendra ofuscando el aire en su descenso a la tierra para retornar luego con el calor del fuego. La lluvia es así nacimiento y muerte, es puente entre abismos, entre la sima y la cima. La lluvia es el retorno, imagen primera del círculo incesante, de la sucesión infinita de nitidez y opacidad. La lluvia tiene historia, suena, habla y le habla al hombre incluso antes de que el hombre sea. La lluvia es la presencia de un pasado, de su pasado de nube que se deshace, es la presencia de su ausencia; paso de cuanto pasó sin haberse ido; y así, la lluvia es la proximidad de una lejanía, acercamiento de la nube que nos acuna, sueño que nos embebe y lava nuestra sombra silenciosa y mutable. En cada sombra de nube que llueve late un pasado que no cesa, de luces y sombras, creaciones y destrucciones que dejan su huella no como promesa, ni vestigio sino como don de lo no escuchado, como reliquias sin fe; como el cuenco quebrado que no puede ya contener su vacío. La lluvia, como la nube que la origina y a la que retorna, es también intervalo, tránsito sin rumbo; saudade del irreal muelle desde donde zarpa e incertidumbre del puerto de llegada; saudade del viaje y de la quietud. Su sonido entraña el silencio de lo indecible, el pálpito del corazón y del tiempo.

La lluvia, fluida futilidad monótonamente diversa, transparencia que hace sombra, que mancha los tejados y las calles y los prados con su materialidad huidiza, con su excedencia escasa que se aleja de sí para buscarse y se encuentra y recupera para despedirse.


Coro:
Llueve lejana e indistintamente


Fragmento 227 del Libro del desasosiego (Fragmento 165 en la traducción de Ángel Crespo; 377 en las traducciones de Perfecto E. Cuadrado y Santiago Kovadloff; y 152 en la traducción de Manuel Moya).

El silencio que brota del sonido de la lluvia se extiende, en un crescendo de monotonía cenicienta, por la callejuela que observo. Estoy durmiendo despierto, de pie contra la vidriera, a la que me recuesto como contra todo. Busco en mí qué sensaciones son las que tengo ante este caer deshilado de agua sombríamente luminosa que se destaca de las sucias fachadas y, aún más, de las ventanas abiertas. Y no sé lo que siento, no sé lo que quiero sentir, no sé lo que pienso ni lo que soy.
Toda la amargura retardada de mi vida se despoja, ante mis ojos sin sensación, del traje de alegría natural que usa en los acasos prolongados de todos los días. Verifico que, tantas veces alegre, tantas veces contento, estoy siempre triste. Y lo que en mí verifica esto está por detrás de mí y parece asomarse a la ventana junto a mí, y, por encima de mis hombros, o incluso de mi cabeza, observa, con ojos más íntimos que los míos, la lluvia lenta, un poco ondulada ya, que filigrana de movimiento el aire pardo y malo.
Abandonar todos los deberes, incluso los que no nos exigen, repudiar todas los lares, incluso los que no fueron nuestros, vivir de lo impreciso y del vestigio, entre grandes púrpuras de locura, y rentas falsas de majestades soñadas... Ser cualquier cosa que no sienta el pesar de la lluvia exterior, ni la mágoa de la vacuidad íntima... Errar sin alma ni pensamiento, sensación sin sí-misma, por la calle que contornea las montañas, por valles sumidos entre escarpadas laderas, lejano, inmerso y fatal... Perderse entre paisajes como cuadros. No-ser de lejanía y colores...
Un soplo leve de viento, que no siento detrás la ventana, rasga en aéreos desniveles la rectilínea caída de la lluvia. Cualquier parte del cielo que no veo, clarea. Lo noto porque, por detrás de los vidrios medio-limpios de la ventana de enfrente, veo ya vagamente el calendario en la pared allí dentro, que hasta ahora no veía.
Olvido. No veo, sin pensar.
Cesa la lluvia, y resta de ella, por un momento, una polvareda de diamantes mínimos, como si, en lo alto, cualquier cosa similar a una gran toalla se sacudiese azulmente de tales migajitas. Se siente que parte del cielo está ya abierta. Veo, a través de aquella ventana de enfrente, el calendario más nítidamente. Tiene un rostro de mujer, y lo demás es fácil porque lo recuerdo, y la pasta dentífrica es la más conocida de todas.
Pero, ¿en qué estaba pensando yo antes de perderme viendo? No lo sé. ¿Voluntad? ¿Esfuerzo? ¿Vida? Con un gran avance de luz se siente que el cielo es ya casi totalmente azul. Pero no hay sosiego —¡Ah, nunca lo habrá!— en el fondo de mi corazón, viejo pozo al fondo de la quinta vendida, recuerdo de infancia enterrado en el polvo del sótano de la casa ajena. No hay sosiego —y, ¡ay de mí!, ni siquiera hay deseo de que lo haya...


Coro:
Llueve lejana e indistintamente


El fragmento comienza con un oxímoron: "el silencio que brota del sonido de la lluvia". Un oxímoron en el que Bearnardo Soares reconoce la distancia de lo inmediato y sabe a la lejanía como llamado; como el llamado del no-saber. El clamor de la sensación sin sensación le despoja de la "alegría natural" que lo cubre de luz sin brillo y lo deja desnudo ante la dispersión, ante su sombra que le observa como una consciencia extraña, exterior, desde la más íntima cercanía; ante su sombra que acompaña su cuerpo con su materialidad de ausencia y silencio, ante esa lejanía del más allá del cuerpo que sólo puede expresarse en el vórtice del oxímoron, en ese centro que se escabulle entre las palabras que entrechocan sus sentidos. Bernardo Soares se arroja al abismo de su propia sombra, se abandona a lo impreciso y al vestigio y colma con su ausencia la oquedad de su presencia. Bajo la lluvia el pensamiento acontece fundido con la sensación de aquello que se ve sin ver al través de la lluvia, acontece como no-pensar.


Coro:
Llueve lejana e indistintamente


Llueve. ¿Qué hice yo de la vida?
Hice lo que ella hizo de mí...
Por pensada, mal vivida...
¡Triste de quién es así!

En una angustia sin remedio
tengo fiebre en el alma y, al ser,
tengo saudade, entre el tedio,
sólo por aquello que nunca quise tener...

Quién pudiera yo haber sido,
¿Qué ha sido de él? Entre pequeños odios
míos, yo, he partido de mí.
¡Si al menos lloviese menos!

Fernando Pessoa 23-10-1931



TERCER MOMENTO: Como una tormenta inaudible, hecha tan sólo de aire


En la tormenta, la lluvia se hace plena: el derrumbe de las nubes contra el mundo. La tormenta nos hunde en una indiferente dispersión, en la disgregada realidad de su indeterminación, aquello que nos sobrecoge al escapársenos, y que a su vez, es la única posibilidad de determinación, de definición. Lluvia y tormenta son hondura que aflora en el espacio, son un hueco del que mana vacío y relata lo indecible, lo inaudible que busca donde exponerse, donde ocultarse mostrándose; dónde labrar su realidad. Lluvia y tormenta traen consigo palabras —surcos de voz en el albo silencio—; palabras que brotan como sendas de oscuridad en las nubes plenas de la claridad lumínica y de su opacidad acuosa; palabras que caen entrechocando sus sentidos y se funden en la dispersión del espacio en una narración sin fin y sin comienzo; palabras que una y otra vez se abandonan al giro incesante del olvido.


Coro:
Llueve lejana e indistintamente


Fragmento 429 del Libro del desasosiego (Fragmento 47 en la traducción de Ángel Crespo; 192 en las traducciones de Perfecto E. Cuadrado y Santiago Kovadloff; y 511 en la traducción de Manuel Moya).

Tres días seguidos de calor sin calma, tempestad latente en el malestar de la quietud de todo, vinieron a traer, ya que la tempestad se escapó hacia otro punto, una leve frescura tibia y grata a la superficie de las cosas. También así, en ocasiones, en este decurso de la vida, el alma, que sufrió porque la vida le pesó, siente súbitamente un alivio, sin que se haya dado en ella algo que lo explicase.
Concibo que seamos climas sobre los que se detienen amenazas de tormenta que se desatan en otro lado.

La inmensidad vacía de las cosas, el gran olvido que habita en el cielo y en la tierra...


Coro:
Llueve lejana e indistintamente


La tempestad es también su inminencia; su presencia cuaja incluso antes de desatarse y se hace presente en su ausencia, se hace patente en su lejanía, en su inseparable vecindad. La tempestad es el espejo donde la ilusión de vernos ve reflejada la ilusión del ver; es transparente por no transparentar nada, por traer consigo la nitidez de lo difuso; la tempestad es ascua del instante, momento de olvido de la inmensidad vacía de las cosas, sin ayer y sin mañana, "Ficciones del interludio, cubriendo coloridamente el marasmo y la desidia de nuestra íntima diferencia" (Fragmento 430 del Libro del desasosiego). La tormenta que se anuncia, que late como un corazón bajo la piel del momento, "en el malestar de la quietud de todo" y que carga en ella la alegría de la "tibia  y grata frescura sobre la superficie lúcida de las cosas". La tormenta es la saudade, ese "gran olvido que habita entre la tierra y el cielo", esa "ascua del instante" que, al decir de Eduardo Lourenço, "arde en el tiempo sin consumirse". La saudade de la tempestad labra en la hoja su ausencia con palabras brotadas justo en su centro, allí donde lo invisible resplandece, allí donde el tránsito sin camino deja su huella sin gesto.



CUARTO MOMENTO: Arrecia el viento. Va a llover

Llover es la imposibilidad de llover, la imposibilidad de deshacerse, de transformar la nube que se es en la dispersión de la lluvia, anhelo de dejar de ser de lo que no es, de aquello que no puede afirmar su existencia; anhelo de lo improbable: ser siempre otredad, alteridad absoluta, apertura, posibilidad encarnada del diálogo que se erige en la palabra poética, en la palabra continente, sin contenido, en la palabra que es hogar, luz y calor sin dejar de ser oscuridad, frío y vacío.


Llueve. Hay silencio. porque incluso la lluvia
no hace ruido sino con sosiego.
Llueve. El cielo duerme. Cuando el alma es viuda
de lo que no sabe, el sentimiento es ciego.
Llueve. De mi ser (de quien soy) reniego...

Tan calma es la lluvia que se suelta en el aire
(Ni aparenta ser de nubes) que parece
no ser lluvia, sino un susurrar
que de sí mismo, al susurrar, se olvida.
Llueve. Nada apetece...

No cesa el viento, no hay cielo que yo sienta.
Llueve lejana e indistintamente,
como una cosa cierta que nos mienta,
como un gran deseo que nos miente.
Llueve. Nada en mí siente.

Fernando Pessoa (2-10-1933)

Llover, ausencia que deslumbra en su infinitivo pasar, ausencia que ensombrece toda presencia, incluso la presencia de su sensación; en su calma sin sosiego que condena al poeta a ser un extraño en su propia carne, un extraño de su propia carne, un "extraño extranjero", extranjero de sí mismo. Siempre errante, habitando su improbabilidad, su imposibilidad, siendo el sueño del sueño que lo sueña al ser soñado; el árido surco borroso en la arena del tiempo de su escisión y el anhelo incesante de lo que fue perdido sin nunca haberse tenido.

Lejana e indistintamente, con la lucidez de la luz que nada ilumina, la lluvia es certeza que nos miente, susurro "que de sí mismo, al susurrar, se olvida".

B.
— No... Ahora es imposible. Podemos no pensar, pero no olvidar que pensamos... Seamos fuertes y separémonos ahora para siempre. Ojalá nos podamos olvidar y olvidar que soñamos el amor y que vimos que él era una estatua vana... Mira, el cielo se cubre... Arrecia el viento. Va a llover...

(Fernando Pessoa. Diálogo en el Jardín del Palacio. 1913)