Llueve lejana e indistintamente
LLUEVE LEJANA
E INDISTINTAMENTE
(Imágenes de lluvia en la
obra de Fernando Pessoa)
Por: Carlos
Ciro
Ponencia preparada para: Invernía, encuentro con Pessoa y sus otros... (Convocado por
Elemental Teatro)
Medellín, 15 de junio de 2012
[Un archivo con la grabación de audio del evento puede descargarse aquí: http://goo.gl/s1BZ6]
PRIMER
MOMENTO: Pasa una nube frente al sol
(...)
cuando una nube pasa la mano sobre la luz
y
corre un silencio sobre la hierba.
Alberto
Caeiro
Solemne
pasa sobre la fértil tierra
la
blanca, inútil nube fugitiva
Ricardo
Reis
Como
si fuese la sombra de una nube que cruzase sobre el agua sombría
Álvaro
de Campos
Pasa
una nube frente al sol.
Pasa
una pena por quien ve.
El
alma es como un girasol:
Gira
hacia lo que no está al pie.
Fernando
Pessoa
Fue
una tarde de otoño, cuando el cielo tiene un calor frío, muerto,
y
hay nubes que asfixian la luz en cobertores de lentitud.
Bernardo
Soares
Nube. Estela de agua en el
aire. Símbolo que se opaca en el gesto de pasar. La nube es lo pasajero
inaprensible, vaguedad que clama por la luz que oculta y escucha la respuesta
del camino que quiere recorrer, de la tierra que quiere desposar para luego
abandonar. Nube que vaga entre la tierra y el cielo, que habita ese
"entre" que es el aire. Móvil suspensión entregada al despliegue
voluptuoso de sus formas. Nube que sólo puede tenerse mientras no se retenga,
mientras se registra una y otra vez su paso. Nube que denuncia la desnudez del
cielo cual las telas raídas del mendigo, la desnudez sin cuerpo del cielo, ese
afuera que no es fuera ni dentro: sólo ausencia. Nube, como el hombre, hecha de
la materia de los sueños (al decir de Shakespeare); nube que es forma y
movimiento, paisaje sin márgenes, espacio en blanco. Intervalo entre el ser y
el no-ser, siempre pasando; universo en continua transformación; magia líquida abandonada
al capricho del viento.
Para Gaston Bachelard las
nubes presiden "sueños alucinantes" pero también fáciles y efímeros y
representan un "imaginario sin responsabilidad", son un símbolo de
aire; sin embargo, en Fernando Pessoa, las nubes —imágenes de pasajeridad— son
movimiento, son devenir, son imagen del río heraclíteo; pero también, en su
materia acuática, fuente generadora de todo (como en la concepción de Tales de
Mileto); y también lo indistinto, lo indeterminado, lo indefinido.
Coro:
Llueve lejana
e indistintamente
Fragmento 332 del Libro del
desasosiego. (Fragmento 147 en la traducción de Ángel Crespo; 204 en las
traducciones de Perfecto Cuadrado y Santiago Kovadloff; y 334 en la traducción
de Manuel Moya).
Nubes... Hoy tengo
consciencia del cielo, pues hace días que no lo miro mas lo siento, viviendo en
la ciudad y no en la naturaleza que la incluye. Nubes... Pasan del muelle hacia
el Castillo, de Occidente hacia Oriente, en un tumulto disperso y despojado,
blanco a veces, se van desharrapadas a la vanguardia de no se qué; medio-negras
otras, acaso, más lentas, tardan en ser barridas por el viento audible; negras
de un blanco sucio, tal vez, como si quisiesen quedarse, ennegrecen más por su
llegada que por la sombra a eso que las calles abren como espacio falso entre
las líneas del caserío que confinan.
Nubes... Existo sin saberlo
y moriré sin quererlo, Soy el intervalo entre lo que soy y lo que no soy, entre
lo que sueño y lo que la vida hizo de mí, la media abstracta y carnal entre
cosas que no son nada, siendo también yo nada. Nubes... ¡Qué desasosiego si
siento, qué incomodidad si pienso, qué inutilidad si quiero! Nubes... Están
pasando siempre, unas muy grandes, pareciendo, porque las casas no dejan ver si
son menos grandes de lo que parecen, que van a cubrir todo el cielo; otras de
tamaño incierto, pudiendo ser dos unidas o una que va a partirse en dos, sin
sentido en el aire alto contra el cielo fatigado; otras incluso, pequeñas, que
parecen juegos de cosas poderosas, abalorios irregulares de un juego absurdo,
sólo hacia un lado, en un gran aislamiento, frías.
Nubes... Me interrogo y me
desconozco. Nada he hecho que sea útil y nada haré que sea justificable. He gastado
la parte de la vida que no perdí en interpretar confusamente cosa ninguna,
haciendo versos en prosa a las sensaciones intransmisibles con que torno mío el
universo incógnito. Estoy harto de mí, objetiva y subjetivamente. Estoy harto
de todo, y del todo de todo. Nubes... Son todo, desarreglos de lo alto, hoy
sólo ellas cosas reales entre la tierra nula y el cielo que no existe; harapos
indescriptibles del tedio que les impongo; niebla condensada en amenazas de
color ausente; sucias motas de algodón crudo de un hospital sin paredes.
Nubes... Continúan pasando, continúan siempre pasando, pasarán siempre
continuando, en un enrollamiento discontinuo de madejas opacas, en un
alargamiento difuso de falso cielo deshecho.
Coro:
Llueve lejana
e indistintamente
Se trata, como vemos, de un
fragmento en que las nubes son protagonistas al tiempo que revelan la ausencia
del verdadero protagonista; de ese personaje imposible que "vive en la
ciudad y no en la naturaleza que la incluye"; de ese habitante de lo inhabitable
que sabe su destino entretejido en la opacidad de la nube, a merced de la tibia
quietud del viento que lo mece. Bernardo Soares se sabe como un simple tránsito
aún sin la seguridad de saberse. También él es una nube. Al igual que la nube
"existe sin saberlo y morirá sin quererlo"; es tan sólo un intervalo
entre dos oquedades: el ser y el no-ser; un intervalo abierto pendiendo en el
vacío de una cuerda desatada, sin asidero.
En el fragmento, las nubes
son también el contrapunto musical de esa escena que no ocurre sobre el
escenario inexistente que cruzan sin origen ni destino esas "ficciones del
intervalo y del descamino" ataviadas con los "harapos del tedio".
Las nubes son esa sonoridad soterrada, intermitente, que impide la irrupción de
las "sensaciones intransmisibles" del todo que causan el hartazgo en
el vértigo de la vacuidad; más que música es el sonido de la rueca irreal que
devana el hilo de la nada en un ovillo sin eje.
SEGUNDO
MOMENTO: Lluvia cae del cielo ceniciento
Pensar
incomoda como andar bajo la lluvia
cuando
el viento crece y parece que llueve más
Alberto
Caeiro
Lo
conseguido es dado; todo es impuesto.
Placer
o tristeza son, cual el sol o la lluvia,
dados
(...)
Ricardo
Reis
Pero,
¿quién se fija en el sol sino cuando la lluvia cesa
y
el rompe las nubes y señala más allá de las costas
hacia
el azul del cielo?
Álvaro
de Campos
Lluvia
cae del cielo ceniciento
que
no tiene razón de ser.
Incluso
mi pensamiento
tiene
lluvia escurriendo en él.
Fernando
Pessoa
Mis
ojos ven sin atención, y construyo en mí esa imagen acuosa que,
mejor
que cualquier otra, y por haber pensado que caería lluvia,
se
ajusta a este movimiento incierto.
Bernardo
Soares
La lluvia cae y es el agua
que todo lo engendra ofuscando el aire en su descenso a la tierra para retornar
luego con el calor del fuego. La lluvia es así nacimiento y muerte, es puente
entre abismos, entre la sima y la cima. La lluvia es el retorno, imagen primera
del círculo incesante, de la sucesión infinita de nitidez y opacidad. La lluvia
tiene historia, suena, habla y le habla al hombre incluso antes de que el
hombre sea. La lluvia es la presencia de un pasado, de su pasado de nube que se
deshace, es la presencia de su ausencia; paso de cuanto pasó sin haberse ido; y
así, la lluvia es la proximidad de una lejanía, acercamiento de la nube que nos
acuna, sueño que nos embebe y lava nuestra sombra silenciosa y mutable. En cada
sombra de nube que llueve late un pasado que no cesa, de luces y sombras,
creaciones y destrucciones que dejan su huella no como promesa, ni vestigio
sino como don de lo no escuchado, como reliquias sin fe; como el cuenco
quebrado que no puede ya contener su vacío. La lluvia, como la nube que la
origina y a la que retorna, es también intervalo, tránsito sin rumbo; saudade del irreal muelle desde donde
zarpa e incertidumbre del puerto de llegada; saudade del viaje y de la quietud. Su sonido entraña el silencio de
lo indecible, el pálpito del corazón y del tiempo.
La lluvia, fluida futilidad
monótonamente diversa, transparencia que hace sombra, que mancha los tejados y
las calles y los prados con su materialidad huidiza, con su excedencia escasa
que se aleja de sí para buscarse y se encuentra y recupera para despedirse.
Coro:
Llueve lejana
e indistintamente
Fragmento 227 del Libro del
desasosiego (Fragmento 165 en la traducción de Ángel Crespo; 377 en las
traducciones de Perfecto E. Cuadrado y Santiago Kovadloff; y 152 en la
traducción de Manuel Moya).
El silencio que brota del
sonido de la lluvia se extiende, en un crescendo de monotonía cenicienta, por
la callejuela que observo. Estoy durmiendo despierto, de pie contra la
vidriera, a la que me recuesto como contra todo. Busco en mí qué sensaciones
son las que tengo ante este caer deshilado de agua sombríamente luminosa que se
destaca de las sucias fachadas y, aún más, de las ventanas abiertas. Y no sé lo
que siento, no sé lo que quiero sentir, no sé lo que pienso ni lo que soy.
Toda la amargura retardada
de mi vida se despoja, ante mis ojos sin sensación, del traje de alegría
natural que usa en los acasos prolongados de todos los días. Verifico que,
tantas veces alegre, tantas veces contento, estoy siempre triste. Y lo que en
mí verifica esto está por detrás de mí y parece asomarse a la ventana junto a
mí, y, por encima de mis hombros, o incluso de mi cabeza, observa, con ojos más
íntimos que los míos, la lluvia lenta, un poco ondulada ya, que filigrana de
movimiento el aire pardo y malo.
Abandonar todos los
deberes, incluso los que no nos exigen, repudiar todas los lares, incluso los
que no fueron nuestros, vivir de lo impreciso y del vestigio, entre grandes
púrpuras de locura, y rentas falsas de majestades soñadas... Ser cualquier cosa
que no sienta el pesar de la lluvia exterior, ni la mágoa de la vacuidad íntima... Errar sin alma ni pensamiento, sensación sin
sí-misma, por la calle que contornea las montañas, por valles sumidos entre
escarpadas laderas, lejano, inmerso y fatal... Perderse entre paisajes como
cuadros. No-ser de lejanía y colores...
Un soplo leve de viento,
que no siento detrás la ventana, rasga en aéreos desniveles la rectilínea caída
de la lluvia. Cualquier parte del cielo que no veo, clarea. Lo noto porque, por
detrás de los vidrios medio-limpios de la ventana de enfrente, veo ya vagamente
el calendario en la pared allí dentro, que hasta ahora no veía.
Olvido. No veo, sin pensar.
Cesa la lluvia, y resta de
ella, por un momento, una polvareda de diamantes mínimos, como si, en lo alto,
cualquier cosa similar a una gran toalla se sacudiese azulmente de tales
migajitas. Se siente que parte del cielo está ya abierta. Veo, a través de
aquella ventana de enfrente, el calendario más nítidamente. Tiene un rostro de
mujer, y lo demás es fácil porque lo recuerdo, y la pasta dentífrica es la más
conocida de todas.
Pero, ¿en qué estaba
pensando yo antes de perderme viendo? No lo sé. ¿Voluntad? ¿Esfuerzo? ¿Vida?
Con un gran avance de luz se siente que el cielo es ya casi totalmente azul.
Pero no hay sosiego —¡Ah, nunca lo habrá!— en el fondo de mi corazón, viejo
pozo al fondo de la quinta vendida, recuerdo de infancia enterrado en el polvo
del sótano de la casa ajena. No hay sosiego —y, ¡ay de mí!, ni siquiera hay
deseo de que lo haya...
Coro:
Llueve lejana
e indistintamente
El fragmento comienza con
un oxímoron: "el silencio que brota del sonido de la lluvia". Un
oxímoron en el que Bearnardo Soares reconoce la distancia de lo inmediato y
sabe a la lejanía como llamado; como el llamado del no-saber. El clamor de la
sensación sin sensación le despoja de la "alegría natural" que lo
cubre de luz sin brillo y lo deja desnudo ante la dispersión, ante su sombra
que le observa como una consciencia extraña, exterior, desde la más íntima
cercanía; ante su sombra que acompaña su cuerpo con su materialidad de ausencia
y silencio, ante esa lejanía del más allá del cuerpo que sólo puede expresarse
en el vórtice del oxímoron, en ese centro que se escabulle entre las palabras
que entrechocan sus sentidos. Bernardo Soares se arroja al abismo de su propia
sombra, se abandona a lo impreciso y al vestigio y colma con su ausencia la
oquedad de su presencia. Bajo la lluvia el pensamiento acontece fundido con la
sensación de aquello que se ve sin ver al través de la lluvia, acontece como
no-pensar.
Coro:
Llueve lejana
e indistintamente
Llueve. ¿Qué hice yo de la vida?
Hice lo que ella hizo de mí...
Por pensada, mal vivida...
¡Triste de quién es así!
En una angustia sin remedio
tengo fiebre en el alma y, al ser,
tengo saudade, entre el tedio,
sólo por aquello que nunca quise
tener...
Quién pudiera yo haber sido,
¿Qué ha sido de él? Entre pequeños odios
míos, yo, he partido de mí.
¡Si al menos lloviese menos!
Fernando
Pessoa 23-10-1931
TERCER
MOMENTO: Como una tormenta inaudible,
hecha tan sólo de aire
En la tormenta, la lluvia
se hace plena: el derrumbe de las nubes contra el mundo. La tormenta nos hunde
en una indiferente dispersión, en la disgregada realidad de su indeterminación,
aquello que nos sobrecoge al escapársenos, y que a su vez, es la única
posibilidad de determinación, de definición. Lluvia y tormenta son hondura que
aflora en el espacio, son un hueco del que mana vacío y relata lo indecible, lo
inaudible que busca donde exponerse, donde ocultarse mostrándose; dónde labrar
su realidad. Lluvia y tormenta traen consigo palabras —surcos de voz en el albo
silencio—; palabras que brotan como sendas de oscuridad en las nubes plenas de
la claridad lumínica y de su opacidad acuosa; palabras que caen entrechocando
sus sentidos y se funden en la dispersión del espacio en una narración sin fin
y sin comienzo; palabras que una y otra vez se abandonan al giro incesante del
olvido.
Coro:
Llueve lejana
e indistintamente
Fragmento 429 del Libro del
desasosiego (Fragmento 47 en la traducción de Ángel Crespo; 192 en las
traducciones de Perfecto E. Cuadrado y Santiago Kovadloff; y 511 en la
traducción de Manuel Moya).
Tres días seguidos de calor
sin calma, tempestad latente en el malestar de la quietud de todo, vinieron a
traer, ya que la tempestad se escapó hacia otro punto, una leve frescura tibia
y grata a la superficie de las cosas. También así, en ocasiones, en este
decurso de la vida, el alma, que sufrió porque la vida le pesó, siente
súbitamente un alivio, sin que se haya dado en ella algo que lo explicase.
Concibo que seamos climas sobre
los que se detienen amenazas de tormenta que se desatan en otro lado.
La inmensidad vacía de las
cosas, el gran olvido que habita en el cielo y en la tierra...
Coro:
Llueve lejana
e indistintamente
La tempestad es también su
inminencia; su presencia cuaja incluso antes de desatarse y se hace presente en
su ausencia, se hace patente en su lejanía, en su inseparable vecindad. La
tempestad es el espejo donde la ilusión de vernos ve reflejada la ilusión del
ver; es transparente por no transparentar nada, por traer consigo la nitidez de
lo difuso; la tempestad es ascua del instante, momento de olvido de la
inmensidad vacía de las cosas, sin ayer y sin mañana, "Ficciones del
interludio, cubriendo coloridamente el marasmo y la desidia de nuestra íntima
diferencia" (Fragmento 430 del Libro del desasosiego). La tormenta que se
anuncia, que late como un corazón bajo la piel del momento, "en el
malestar de la quietud de todo" y que carga en ella la alegría de la
"tibia y grata frescura sobre la
superficie lúcida de las cosas". La tormenta es la saudade, ese "gran olvido que habita entre la tierra y el
cielo", esa "ascua del instante" que, al decir de Eduardo
Lourenço, "arde en el tiempo sin consumirse". La saudade de la
tempestad labra en la hoja su ausencia con palabras brotadas justo en su
centro, allí donde lo invisible resplandece, allí donde el tránsito sin camino
deja su huella sin gesto.
CUARTO
MOMENTO: Arrecia el viento. Va a llover
Llover es la imposibilidad
de llover, la imposibilidad de deshacerse, de transformar la nube que se es en
la dispersión de la lluvia, anhelo de dejar de ser de lo que no es, de aquello
que no puede afirmar su existencia; anhelo de lo improbable: ser siempre
otredad, alteridad absoluta, apertura, posibilidad encarnada del diálogo que se
erige en la palabra poética, en la palabra continente, sin contenido, en la
palabra que es hogar, luz y calor sin dejar de ser oscuridad, frío y vacío.
Llueve. Hay silencio. porque incluso la
lluvia
no hace ruido sino con sosiego.
Llueve. El cielo duerme. Cuando el alma
es viuda
de lo que no sabe, el sentimiento es
ciego.
Llueve. De mi ser (de quien soy)
reniego...
Tan calma es la lluvia que se suelta en
el aire
(Ni aparenta ser de nubes) que parece
no ser lluvia, sino un susurrar
que de sí mismo, al susurrar, se olvida.
Llueve. Nada apetece...
No cesa el viento, no hay cielo que yo
sienta.
Llueve lejana e indistintamente,
como una cosa cierta que nos mienta,
como un gran deseo que nos miente.
Llueve. Nada en mí siente.
Fernando
Pessoa (2-10-1933)
Llover, ausencia que
deslumbra en su infinitivo pasar, ausencia que ensombrece toda presencia,
incluso la presencia de su sensación; en su calma sin sosiego que condena al
poeta a ser un extraño en su propia carne, un extraño de su propia carne, un "extraño extranjero", extranjero
de sí mismo. Siempre errante, habitando su improbabilidad, su imposibilidad,
siendo el sueño del sueño que lo sueña al ser soñado; el árido surco borroso en
la arena del tiempo de su escisión y el anhelo incesante de lo que fue perdido
sin nunca haberse tenido.
Lejana e indistintamente,
con la lucidez de la luz que nada ilumina, la lluvia es certeza que nos miente,
susurro "que de sí mismo, al susurrar, se olvida".
B.
— No... Ahora es imposible.
Podemos no pensar, pero no olvidar que pensamos... Seamos fuertes y separémonos
ahora para siempre. Ojalá nos podamos olvidar y olvidar que soñamos el amor y
que vimos que él era una estatua vana... Mira, el cielo se cubre... Arrecia el
viento. Va a llover...
(Fernando Pessoa. Diálogo
en el Jardín del Palacio. 1913)
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