martes, junio 28, 2011

Crónica decorativa (Fernando Pessoa)

En 1914, Fernando Pessoa relató su encuentro con un profesor japonés a través de esta maravillosa crónica con humorístico tono y destellos de reflexión política, literaria y cultural. Fue publicada, por primera vez y en vida del poeta, el 12 de septiembre del mismo año en el semanario "O Raio" y posteriormente en el No. 1 de "O Jornal" el 4 de abril de 1915.

 

Fernando Pessoa

Crónica decorativa

CRÓNICA DECORATIVA

I

      La circunstancia humana de tener amigos hizo que ayer me ocurriese conocer al Dr. Boro, profesor de la Universidad de Tokio. Me sorprendió la realidad casi evidente de su presencia. Nnunca supuse que un profesor de la Universidad de Tokio fuese una criatura, o incluso una cosa real.

      El Dr. Boro —siento que me cuesta dorcorarlo— me pareció escandalosamente humano y parecido a la gente. Asestó un golpe que me esfuerzo porque no sea decisivo, en mis ideas sobre lo que es el Japón. Trajeábase a la manera europea y, al igual que cualquier profesor existente de la Universidad de Lisboa, llevaba la chaqueta sin cepillar. Aún así, por delicadeza, me di por enterado, durante dos horas, de su presencia cercana.

      Debo explicar que mis ideas sobre el Japón, sobre su flora y fauna, sobre sus habitantes humanos y las varias modalidades de vida que les son propias, se derivan de un estudio minucioso de numerosos jarrones y teteras. Por eso siempre creí que un japonés o japonesa sólo tendría dos dimensiones —y esa delicadeza con el espacio me causó siempre una afición rayana en la locura hacia aquel país económico de realidad. El profesor Boro es sólido, tiene sombra —varias veces obligué a mis ojos a comprobarlo— y además de hablar y hablar en inglés, coloca ideas y nociones comprensibles entre sus palabras. La circunstancia de que sus ideas no comporten ni novedad ni relevancia tan sólo consigue aproximarlo a los profesores europeos, pavorosamente europeos que conozco.

      Esto aparte, el profesor Boro tiene movimiento, se desplaza, no sé cómo, de un lado al otro, lo cual, visto por quien siempre tuvo al Japón por una nación de estampa inmóvil, suspendida y apenas real sobre la transparencia de la loza, resulta extremadamente ordinario y desilusionante

      Hablábamos de política internacional, de la guerra europea, y realizamos varias incursiones al través de los varios fenómenos literarios característicos de nuestra época. La ignorancia que el profesor Boro tenía del futurismo fue la única sustancia para limpiar la mancha de su realidad moderna. Pero, ¿existe algún profesor de alguna universidad europea que siga de cerca los movimientos del arte contemporáneo?

      Habida cuenta de los hechos que vengo explicando, se comprende que yo fuese avaro en preguntarle sobre el Japón. ¿Para qué? Él hubiera sido capaz de arrojar dentro de mi ignorancia una cantidad de cosas falsas. ¿Quién sabe si él se atrevería a insinuar en medio de la conversación, como cosa normalmente creíble, que en el Japón hay problemas económicos, dificultades de vida para las personas, ciudades con tiendas reales, campos con cosechas como las nuestras, ejércitos realmente parecidos a los de Europa y con execrables perfeccionamientos científicos para guerras verdaderamente contemporáneas? Y después de esto no dudaría en afirmar —con un cinismo que ni siquiera yo puedo medir— que en el Japón los hombres tienen relaciones sexuales con las mujeres, que nacen niños, que la gente de allá, en lugar de estar siempre vestida como las figuras de la cerámica japonesa, se viste y desviste com si fuese europea. Por eso no hablamos del Japón. Le pregunté al profesor si había tenido un buen viaje, y el cayó al decirme que no —como si a un estudioso como yo de la porcelana nipona pudiese admitir que existen viajes para los japoneses que, –¡delicioso pueblo!— ni siquiera se toman el trabajo de existir—. Las tazas se rompen, no sufren tormentas. La frase «una tempesta en un vaso de agua» o «en una taza», como dicen otros, es puramente europea.

      Hubo una frase (casual, quiero creer, en el profesor Boro) que me entristeció más que las otras.

      Hablabamos —yo, es claro, con el desprendimiento con que se tratan estos asuntos de hadas— de la influencia de los mecanismos sobre la psicología del obrero, cuando se sabe —claro está— que el obrero no tiene psicología. Y el profesor se refirió a los progresos industriales del Japón y añadió unas palabras, que me esforcé con un éxito a medias por no oír, sobre (creo) unos movimientos obreros en el Japón y un fusilamiento (supongo) de no sé qué jefe socialista. Yo hace tiempos —en una columna sin duda humorística de un diario— vi un telegrama de Tokio que hablaba de algo así; pero, además de no creer que desde Tokio se enviasen telegramas —dado que Tokio no tiene más de dos dimensiones—, nadie que como yo haya estudiado la psicología japonesa a través de tazas y platos admite ninguna especie de progreso en el Japón. Industrias japonesas, movimientos y jefes socialistas, y además fusilados, como cualquiera de los europeos que viven. Quien como yo conoce bien el Japón —el verdadero Japón de porcelana y errores en el dibujo— comprenden bien la incompatibilidad entre progreso, industria y socialismo, y la absoluta inexistencia de aquel país. ¡Socialistas japoneses! ¡Una contradicción flagrante, una frase sin sentido, como «círculo cuadrado»! ¡Si ni siquiera lo inexistente estuviese libre del socialismo! Aquellas figuras deliciosas, eternamente sentadas al lado de casas de su propio tamaño, a la orilla de lagos absurdos, de un azul imposible, más acá de montañas totalmente irreales —esas maravillosas figuras, con una perfecta y patriótica individualidad japonesa, no pertenecen, con seguridad, al horroroso mundo en que se progresa y donde sobre el artista recaen la morbidez de lo productivo y la barbarie de lo humanitario.

      ¡Y viene el profesor Boro, de la Universidad de Tokio, para querer cambiarme estas convicciones! No me las cambia. No es para ser engañado por la primera realidad que se aparece ante mis ojos que he gastado sosegados minutos en la contemplación científica y estéril de cuencos y tazas japonesas. Lo más probable, respecto a este Boro, es que él haya nacido en Lisboa y que se llame José. ¿Del Japón, él? ¡Nunca!

      ¿Si cuando menos encontrase japonesa su cara? Nada absolutamente. Basta decir que era real y que existió allí, delante de mí, durante dos dolorosas horas, en plena ocupación inestética de todas las dimensiones aprovechables (felizmente solo tres) del espacio auténtico. Su cara se parecía, es cierto, a algunas fotografías de «japoneses» que los diarios ilustrados trajeran hace años y que de vez en cuando, reincidiendo, traen; pero todo el mundo sabe lo que es el Japón por nunca haber ido hasta allí, sabe, en su corazón que aquello no son japoneses. Y, cual si fuera poco, esas ilustraciones eran principalmente de generales, almirantes y operaciones de guerra. ¿Cómo, por cierto, podría fotografiarse al Japón y a los japoneses? La primera cosa real que existe en el Japón es el hecho de estar siempre lejos de nosotros, estemos donde estemos. No se puede ir hasta allá, ni ellos pueden venir hasta nosotros. Concedo, si me fuerzan a ello, que existan un Tokio y un Yokohama. Pero no en el Japón, sino tan sólo en el Extremo Oriente.

      El resto de mi vida, de hoy en más, lo dedicaré escrupulosamente a olvidar al profesor Boro y que él —impronunciable absurdo— se sentó en la silla que está ahora, en su realidad de madera, al frente mío. Consideraré locura este hecho, tal vez alucinatorio, y me entregaré con asiduidad a no recordarlo más. ¡Un japonés verdadero aquí, hablando conmigo, diciéndome cosas que ni siquiera eran falsas o contradictorias! No. El se llama José y es de Lisboa. Hablo simbólicamente, está claro. Porque él pudo llamarse MacWhisky y ser de Inverness. Lo que sin lugar a dudas no era es un japonés real, y posible visitante de Lisboa. Eso nunca. De ese modo no habría ciencia, si el primer aparecido llegase para negar lo que nuestros asiduos estudios nos hicieran ver.

      ¿Profesor Boro, de la Universidad de Tokio? ¿De Tokio? ¡Nada de eso existe! Eso es una ilusión. Los inferiores a nosotros y los malos estudiantes construyeron, para no desorientarse, una Japón a la imagen y semejanza de Europa, de esta triste Europa tan excesivamente real. ¡Soñadores! ¡Alucinados!

      Me basta mirar aquella bandeja, empeñarme curiosamente en observar aquel servicio de té. ¡Que vengan después a hablarme de un Japón existente, un Japón real, un Japón guerrero! No es en vano que, a través de esfuerzos consecutivos, nuestra época ganó para sí el duro nombre de científica. ¡Japoneses con vida real, con tres dimensiones, con una patria con paisajes de colores auténticos! Falacias para entretenimiento del pueblo, pero que no engañan a quien ha estudiado...

CRÓNICA DECORATIVA

I

      A circunstância humana de eu ter amigos fez com que ontem me acontecesse vir a conhecer o Dr. Boro, professor da Universidade de Tóquio. Surpreendeu-me a realidade quase evidente da sua presença. Nunca supus que um professor da Universidade de Tóquio fosse uma criatura, ou sequer cousa, real.

      O Dr. Boro — sinto que me custa doutorá-lo — pareceu-me escandalosamente humano e parecido com gente. Vibrou um golpe, que me esforço por desviar de decisivo, nas minhas ideias sobre o que é o Japão. Trajava à europeia, e, como qualquer mero professor existente da Universidade de Lisboa, tinha o casaco por escovar. Ainda assim, por delicadeza, dei-me por ciente, durante duas horas, da sua presença próxima.

      Preciso explicar que as minhas ideias do Japão, da sua flora e da fauna, dos seus habitantes humanos e das várias modalidades de vida que lhes são próprias, derivam de um estudo demorado de vários bules e chávenas. Eu por isso sempre julguei que um japonês ou uma japonesa tivesse apenas duas dimensões- e essa delicadeza para com o espaço deu-me uma afeição doentia por aquele país económico de realidade. O professor Boro é sólido, tem sombra — várias vezes fiz com que o meu olhar o verificasse — e além de falar e falar inglês, coloca ideias e soluções compreensíveis dentro das suas palavras. A circunstância de que as suas ideias não comportam nem novidade nem relevo apenas o aproxima dos professores europeus, pavorosamente europeus, que conheço.

      Além disto o professor Boro tem movimento, desloca-se, não sei como, de um lado para o outro, o que, feito perante quem sempre teve o Japão por uma nação de quadro, parada e apenas real sobre transparência de louça, é requintadamente ordinário e desiludidor.

      Falávamos de política internacional, da guerra europeia, e fizemos várias incursões pelos vários fenómenos literários característicos da nossa época. A ignorância que o professor Boro tinha de futurismo foi a única benzina para a nódoa da sua realidade moderna. Mas há algum professor de alguma Universidade da Europa que siga de perto os movimentos da arte contemporânea?

      Dados os factos que venho explicando, compreende-se que eu fosse avaro de o interrogar sobre o Japão. Para quê? Ele era capaz de atirar para dentro da minha ignorância uma quantidade de cousas falsas. Quem sabe se ele se atreveria a insinuar pela conversa fora, como cousa normalmente acreditável, que no Japão há problemas económicos, dificuldades de vida para várias pessoas, cidades com lojas reais, campos com colheitas como as nossas, exércitos realmente parecidos com os da Europa e com execráveis aperfeiçoamentos científicos para guerras em verdade contemporâneas? Daqui ele não hesitaria talvez em me afirmar — com que cinismo nem eu meço — que no Japão os homens têm relações sexuais com as mulheres, que nascem crianças, que a gente de lá, em vez de estar sempre vestida como as figuras da louça japonesa, despe-se e veste-se como se fosse europeia. Por isso não tratámos do Japão. Perguntei ao professor se ele tinha tido uma boa viagem, e ele caiu em dizer-me que não — como se um estudioso como eu da porcelana nipónica pudesse admitir que há más viagens para os japoneses, que — delicioso povo! — nem sequer se dá ao trabalho de existir. As chávenas partem-se, não comportam tormentas. A frase «uma tempestade num copo de água» ou «numa chávena», como dizem outros, é puramente europeia.

      Uma frase houve (casual, quero crer, no professor Boro) que me magoou mais do que outra.

      Falávamos — eu, é claro, com o desprendimento com que se tratam estes assuntos feéricos — da influência dos mecanismos sobre a psicologia do operário, quando se sabe — claro está — que o operário não tem psicologia. E o professor referiu-se aos progressos industriais do Japão e acrescentou umas palavras, que me esforcei com metade de êxito para não ouvir, sobre (creio) movimentos operários no Japão e um fuzilamento (suponho) de não sei que chefe socialista. Eu há tempos — numa coluna sem dúvida humorística de um diário — vira em um telegrama de Tóquio constando qualquer cousa nesse tom; mas, além de não crer que de Tóquio se mandasse telegramas — visto Tóquio não ter mais do que duas dimensões —, ninguém que como eu tenha estudado a psicologia japonesa através das chávenas e dos pires admite progressos de qualquer espécie no Japão, indústrias japonesas, movimentos socialistas e chefes socialistas, ainda por cima fuzilados, como quaisquer europeus que vivem. Quem como eu conhece bem o Japão — o verdadeiro Japão, de porcelana e erros de desenho — compreende bem a incompatibilidade entre o progresso, indústria e socialismo, e a absoluta não existência daquele país. Socialistas japoneses! uma contradição flagrante, uma frase sem sentido, como «círculo quadrado»! Se nem o inexistente estivesse livre do socialismo! Aquelas figuras deliciosas, eternamente sentadas ao pé de casas do tamanho delas, à beira de lagos absurdos, de um azul impossível, aquém de montanhas totalmente irreais — essas maravilhosas figuras, com uma perfeita e patriótica individualidade japonesa, não pertencem decerto ao horroroso mundo onde se progride, e onde sobre o artista desabam a morbidez do produtivo e a barbárie do humanitário.

      E vem querer tirar-me estas convicções o professor Boro, da Universidade de Tóquio! Não mas tira. Não é para ser enganado pela primeira realidade que se me atira aos olhos que eu tenho gasto minutos distensos na contemplação científica e estéril de bules e chávenas japonesas. O mais provável, a respeito deste Boro, é que nascesse em Lisboa e se chame José. Do Japão, ele? Nunca.

      Se ao menos achei achei japonesa a sua cara? Absolutamente nada. Basta dizer que era real e existiu ali diante de mim, duas dolorosas horas, em plena ocupação inestética de todas as dimensões aproveitáveis (felizmente só três) do espaço autêntico. A sua cara parecia-se, é certo, com certas fotografias de «japoneses» que as ilustrações trouxeram há anos, e de vez em quando reincidindo trazem; mas toda a gente que sabe o que é o Japão por nunca lá ter ido, sabe de cor que aquilo não são japoneses. E, de mais a mais, essas ilustrações eram principalmente de generais, almirantes, e operações guerreiras. Ora é absolutamente impossível que no Japão haja generais, almirantes e guerra. Como, de resto, fotografar o Japão e os japoneses? A primeira cousa real que há no Japão é o facto de ele estar sempre longe de nós, estejamos nós onde estivermos. Não se pode lá ir, nem eles podem vir até nós. Concedo, se me forçarem a isso, que existam um Tóquio e um Iocoama. Mas isso não é no Japão, é apenas no Extremo Oriente.

      O resto da minha vida, doravante, será escrupulosamente dedicado a esquecer o professor Boro e que ele — impronunciável absurdose sentou na cadeira que está agora, na realidade de madeira, defronte de mim. Considero doentio esse facto, alucinatório talvez, e entrego-me com assiduidade a não me lembrar dele mais. Um japonês verdadeiro aqui, a falar comigo, a dizer-me cousas que nem mesmo eram falsas ou contraditórias! Não. Ele chama-se José e é de Lisboa. Falo simbolicamente, é claro. Porque ele pode chamar-se Macwhisky e ser de Inverness. O que ele não era decerto era japonês, real, e possível visitante de Lisboa. Isso nunca. Desse modo não havia ciência, se o primeiro ocasional nos viesse negar o que os nossos estudos assíduos nos fizeram ver.

      Professor Boro, da Universidade de Tóquio? De Tóquio? Universidade de Tóquio? Nada disso existe. Isso é uma ilusão. Os inferiores e cábulas de nós construíram, para se não desorientarem, um Japão à imagem e semelhança da Europa, desta triste Europa tão excessivamente real. Sonhadores! Alucinados!

Basta-me olhar para aquela bandeja, pegar cariciosamente com o olhar naquele serviço de chá. Depois venham falar-me em Japão existente, em Japão comercial, em Japão guerreiro! Não é para nada que, através de esforços consecutivos, a nossa época ganhou o duro nome de científica. Japoneses com vida real, com três dimensões, com uma pátria com paisagens de cores autênticas! Lérias para entretimento do povo, mas que a quem estudou não enganam...

1914
Ficção e Teatro. Fernando Pessoa. (Introdução, organização e notas de António Quadros.) Mem Martins: Europa-América, 1986 - 65.

1ª publ. in O Raio , nº 12. Lisboa: 12-9-1914

1 comentario:

Emilia Alarcón dijo...

Me he reído un montón. ¡Pessoa cómico y humorístico! ¡Que los japoneses solo existen en dos dimensiones! ¡Un japonés ESCANDALOSAMENTE HUMANO...! De verdad que no conocía esta faceta de nuestro Fernando, siempre tan aparentemente serio y desasosegado... Si hay más textos pessoanos con chispa y gracia de este tipo, por favor, Carlos, publícalos.

Saludos desde zUmO dE pOeSíA