En el día de San Antonio, aniversario 126 del nacimiento de Fernando Pessoa
Un día como hoy, 13 de junio, día de Santo António, patrono de
Lisboa, nació Fernando António Nogueira Pessôa, en memoria de su nacimiento,
esta serie de poemas que escribiera también en junio, el último año de su vida,
1935, bajo el título general de Praça da Figueira (Plaza de la Higuera, si hubiese de
traducirlo) y en la que reúne las figuras de los tres santos celebrados en las
festividades lisboetas: San Antonio, San Juan y San Pedro; y sobre los cuáles escribiera el propio Pessoa:
Aunque escritos sobre el tema popular de los
tres santos lisboetas de junio, estos poemas no son, ni pretendí que fuesen,
populares. Basados en el oscuro sentimiento pagano de nuestro pueblo, se
pretendió que lo llevasen hasta otro nivel; que, siendo fieles a la emoción simple
del pueblo lisboeta, la interpretasen, sin obscuridad innecesaria, con las
complejidades naturales de la inteligencia.
Fueron escritos, todos tres, el día nueve de
junio de 1935. Cronológicamente, pues, no hay en ellos error, salvo que hubiese
algún tipo de error en toda ante-cipación.
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Praça da Figueira, Lisboa |
PRAÇA DA FIGUEIRA
SAN ANTONIO
Nací exactamente en tu día
—trece de junio—, cálido de alegría,
citadino, bucólico y humano
donde hasta esos claveles de papel
con banderillas de rima coja[i]
saben reír...
¡Santo día profano
cuya luz sabe a miel
sobre el suelo de buen vino derramado!
Por tanto, San Antonio,
eres mi santo,
aunque nunca me contagiáses
tu franciscano sentir,
católico, apostólico y romano.
(Recapacité.
Los clavos de papel creo que son
más propiamente aquí,
del día de San Juan...
Mas no voy a enmendar lo que escribí.
¿Qué relación tiene un poeta con la
precisión?)
Adelante... Iba yo diciendo, San Antonio,
que eres tú, sin serlo, mi santo.
Por eso lo eres verdaderamente,
y es esa la buena santidad,
la que escapó de veras del demonio.
Eres el santo de las muchachas,
eres el santo de Lisboa,
eres el santo del pueblo.
Tienes una aureola de cantigas,
de ahí que
en cuanto a tu corazón,
allí siembre abierto está el vino nuevo.
Dicen que fuiste un predicador insigne,
alguien austero aunque de alma ardiente y
ansiosa,
etcétera...
¿Pero quién de nosotros tomará eso al pie
de la letra?
Que de hoy en adelante quien lo dice se
digne
a dejar de decir eso u otra cosa
cualquiera.
¡Cuál santo! Miran el árbol a simple vista
y no lo ven, por mirar solo las ramas.
A esto se llama ser doctor
o investigador.
¡Cuál San Antonio! Tú eres tú.
Tú eres como nosotros te figuramos.
Valen más que los sermones que en verdad
predicaste
las jarras que tal vez no compusiste.
Vale más que tu lejana santidad
que incluso el Diablo perdió ya,
más que lo que haya habido, si hubo, de
verdad,
en lo que —a los peces o no— tu voz
predicó,
este sol de las generaciones antiguas
que en nosotros despierta todavía las
semejanzas
con aquella época en que la vida era sólo
vida e instinto,
las cantigas,
los muchachos y las muchachas,
las danzas
y el vino tinto.
Todos nosotros somos quienes nos hace la
historia.
Todos nosotros somos quienes nos quiera el
pueblo.
El verdadero título de gloria,
que nada en nuestra vida otorga o trae,
es haber sido tales mientras aquí
estuvimos,
buenos, justos, naturales en inocencia;
que los descendientes de quienes amamos
ante otros nos ensalcen, como hace,
con la imaginación que hay en la certeza,
el amante a quien ama,
y lo torna un viejo amante siempre nuevo.
Así el pueblo hizo contigo:
nunca fue tu devoto; es tu amigo,
oh jovenzuelo eterno.
(¡Cuál santo ni qué santidad!
¡Acuéstate en la otra cama!)
Los santos, bien santos, no tienen nunca
belleza.
¿Hizo Dios de ti un santo o fue el Papa?...
¡Arroja ya esa capa!
¿Dios te hizo santo? El Diablo, que es más
rico
en fantasía, te promovió para albahaca.
Para nosotros eres lo que eres. Lo que tu
fuiste
en tu vida real, por mal o por bien,
qué cosas o no-cosas se te deben;
encare con eso la esteril muchedumbre
en la noria de yerros de unos burros que
impulsan, cuando escriben,
esa prolija nulidad, la que se llama
historia.
Quién fuiste tú o quién fue alguien,
sólo Dios lo sabe y nadie más.
Eres pues quien nosotros queremos, eres tal
cual
tu retrato, como figura aquí,
en esta tarjeta postal.
Y me parece incluso haberte visto ya.
Eres este, y este eres tú, y es tuyo el
pueblo
—el pueblo que no sabe dónde está el cielo—,
y en esta hora en que alta va la luna
en un plácido y legítimo recorte[ii],
lanza naturales carcajadas a la muerte,
y, pleno de un placer apenas suyo,
en arriates que caminan la calle colma.
¡Sé siempre así, nuestro pagano encanto,
sé siempre así!
Allá Roma que se entrega a sus intrigas y
al latín,
olvida la doctrina y los sermones.
De mal, ni tú ni nosotros merecíamos tanto.
Fernando de Bulhões fuiste,
fuiste Fray Antonio,
eso sí.
¡Por qué demonios
fueron a predicar contigo volviéndote
santo!
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San Antonio predicando a los peces. |
SAN JUAN
¡Oh Precursor, la hiciste bonita!
No es que tu Cristo, encarnación del Bien,
no sea tu Divino Anunciado.
El mal son los que luego, sin mística
divina,
ni ternura cristiana o simplemente humana,
metieron a Jesús en la celdad de la
doctrina
por los grilletes del odio maniatado
para después manchar de falsa fe
al pobre hombre que todo hombre es.
La cruel multitud negramente infinita
que ha sido el verdugo o el ladrón
de la ingenua humanidad afligida
—esos que, aquí mismo, por los modales,
dan al infierno realidad—...
Ah, tampoco podían ser peores aunque
la mujer del Diablo, si es que el tiene
una,
los hubiese parido a todos.
Bien se yo que hubo muchos santos y
creyentes,
muchos puros, bondadosos e inocentes.
Lo sé bien, bien lo sé:
lo sé y toda la gente lo sabe.
Pero esos, cuya alma está en Cristo
son tan sólo esto
—Una especie de remedio que se disolviese
en el té que para eso hay,
y cuyo sabor en él se perdiese;
el té queda sabiendo sólo a té.
Si hace bien el remedio,
nadie lo sabe.
que el té no aprovecha, alguien no duda—.
Sabemos eso, y lo antes que todos nosotros
lo sabía tu Maestro que vendría,
profeta, Dios y guía de los errantes.
¡Cuán dolorosamente lo sabría!
Sé que hubo astros en el cielo de la fe
vacía.
Lo sé, mas ¡repara cuán falso suena eso!
Por más astros que, brillantes, la noche
exhiba,
¡Qué Diablos!, la noche no se llama día.
¡Oh Precursor! ¡La hiciste buena!
Deliro. Para nosotros, los de Lisboa,
no eres el precursor de nada.
Eres un muchacho aún pequeño
que tienes por misión buena,
por misión sonriente y sosegada
cargar un cordero pequeñito.
Allí lo que ese cordero significa
no tiene aroma
para el pueblo, que tiene el alma rica
de la emoción que no conoce.
Par él, el cordero es un cordero,
y el niñito sonríe y la vida olvida.
El resto son hogueras
y saltos dados gritando
con un miedo exagerado
todo hecho a propósito
mostrando
la sonrisa, las piernas y el agrado.
Es cálida y anónima la brisa,
todo es vigor y juventud
en un carnaval multicolor y vasto.
¡Bonito servicio
como homenaje
a quien, incluso con cabeza, fue un casto!
Pero es así como eres
y es así como serás,
hasta que los pies esta tierra pisen
del último fado que traiga el Destino.
Entonces, esperamos yo y todos,
vertu «surgir en el cielo» como quien vence
todo lo que es realidad o ilusión
por el ser infantil que le es propio
y sus buenos y santos modales
«con el corderito en la mano»,
como te vio Cátulo Cearense[iii].
Pero, bajemos a la tierra,
que, entretanto, el cielo aterra,
porque antes que eso mete la muerte.
Hay mucha cosa desconocida
en tu vida.
Tienes mucha suerte
en que nadie sepa de la partida
que en milsetecientos diecisiete
tu hiciste a la Iglesia constituida.
Estabas, bien lo sé, cansado
de que la Iglesia se entrometiera
en tu vida y en tu divino fado.
Y fue entonces cuando, para vengarte
y, a la manera del santo, fastidiarlos,
descendiste mansamente a la tierra
perfectamente disfrazado
e hiciste entre los hombres de razón
un milagro arriesgado
mas cuya firma se yerra,
cuando en tu día, San Juan del Verano,
fundaste la Gran Tienda de Inglaterra.
Y ahora esto es lo bueno,
si bien vagamente rocambolesco.
Yo juzgándote católico,
y tú me resultas masón.
Bien, ahí sí que hay espacio para todo,
para el bien temporal del mundo vario.
Que dore tu sonrisa cuanto estudio
y que Tu Cordero
me haga siempre justo y verdadero,
presto para hacer hablar el corazón
en voz alta y con buen tono
contra todas las fórmulas del mal,
contra todo cuanto al hombre torne
precario.
Si eres masón,
yo soy más que un masón, yo soy templario.
Te olvido Santo.
Desrecuerdo tu indefinido encanto.
Hermano mío, te doy el abrazo fraternal.
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San Juan |
SAN PEDRO
Tú, ¡qué diablos!, eres viejo.
Eres el único de los tres que trae vejez
a las fiestas. Tus barbas blancas
tienen, con todo, un aire tierno
al que tu dura mirada no da la razón.
Parece que con esas barbas blancas
por un fenómeno de imitación
pretendes tener un aire de Padre Eterno.
Cercelero del cielo, eso es lo que eres,
basta ver el tamaño de esas llaves
—las que Roma cruzó en su escudo—.
Según aquel pasaje del Evangelio
del «Tú eres Pedro» etcétera... (tú sabes),
que es, en últimas, un fraude,
mi viejo, una interpolación.
Carcelero del cielo, ¡qué llaves esas!
Ni ganas dan de ser bueno en la tierra,
si, siguiendo evangélicas promesas
vamos a terminar, al gin, en un cielo
claustral.
Eso —que me encierren— no quiero yo,
ni con Dios y lo que es suyo
pues estar encerrado me hace mal
hasta en la beatitud de tu cielo,
entre los santos del paraíso,
(La libertad Dios la da a Dios
—un Dios que no sé si es el tuyo—)
estar encerrado, aquí o allí, decía yo,
me hace cosquillas terribles en el juicio.
En fin, qué diré yo de ti, amigo,
que no sea una cosa muerta,
anti-popular, gongórica,
por vulgar, deselegante,
como la de quien, sin saber nada, exhorta.
Comienzo por dudar bastante,
discúlpame llavero amigo,
de que tuvieses existencia histórica.
Pero eso, claro está, no importa
si nos brindas
la alegrada singularidad
o la bondad que no sabe tener tristeza.
Lo peor es que nada de eso haces.
Tu semblante es duro y crudo
y las barbas que robaste al Dios que tienes
sólo arrancan a los dandis tus locuaces
dichos de dandistísimos desdenes.
¡Qué diablos!, eres una serie de nadies.
Lo santo son las llaves y no tú.
Para unos eres San Pedro, el gran portero;
para otros, las barbas ya citadas;
para unos el tal fatídico llavero
que encierra bajo llave las almas
sublimadas.
Para algunos fundaste la Roma del Papado
(Andabas borracho o engañado
u olvidaste
a tu Maestro cuando lo hiciste)
Y para otros, en fin, como es el pueblo
y siguiendo las ideas que él tiene,
eres quien no viene a darle nada nuevo
—unas barbas con San Pedro por detrás—.
Difícil es tratarde en verso o en prosa,
todo en ti, salvo las barbas, es incierto.
Todo lo tuyo, salvo las llaves, no tiene
ser.
Y el alma más humilde es clamorosa
de cualquier cosa que se pueda ver,
incluso en sueños, cual si estuviese al
pie.
Mira, yo confieso
que nunca escribiría
este vago poema, en que me apresuro
sólo para liberarme de tu nada,
si no fuese para dar a este libro
el carácter de la trilogía
(San Antonio, San Juan, San Pedro
—por lo popular— ¡Qué bien que suena!)
¿Pero por qué diablo de intuición errada
es que viniste a parar en Junio
y en Lisboa?
Esto aquí aún conserva
una sonrisa que le queda bien,
que, incluso, incluso
en tu día,
(Oh viejo estupor
con un llavero,)
en las calles
el pueblo deambula con alegría
y con fé,
no en ti ni en tus barbas
sino en lo que la alegría es.
Mira, acabé.
Qué más decirte, no sé.
Espera ahí, mira.
Roma, fingiendo reverdecer,
lentamente se deshoja.
Un gesto circular y mudo
tu último gesto sea.
Si tienes poder milagroso,
si esas llaves lo abren todo,
deja ese cielo lastimoso.
Deja de una vez ese cielo,
desciende hasta la humanidad
y ábrele al fin, en el mayor gesto tuyo,
las puertas de la Justicia y de la Verdad.
[9-6-1935]
![]() |
San Pedro |
Original:
PRAÇA
DA FIGUEIRA // SANTO ANTÓNIO // Nasci exactamente no teu dia - / Treze de
Junho, quente de alegria, / Citadino, bucólico e humano / Onde até esses cravos
de papel / Que têm uma bandeira em pé quebrado / Sabem rir... / Santo dia
profano / Cuja luz sabe a mel / Sobre o chão de bom vinho derramado! // Santo
António, és portanto / O meu santo, / Se bem que nunca me pegasses / Teu
franciscano sentir, / Católico, apostólico e romano. // (Reflecti. / Os cravos
de papel creio que são / Mais propriamente, aqui, / Do dia de S. João... / Mas
não vou escangalhar o que escrevi. / Que tem um poeta com a precisão?) // Adiante.
. . Ia eu dizendo, Santo António, / Que tu és o meu santo sem o ser. / Por isso
o és a valer, / Que é essa a santidade boa, / A que fugiu deveras ao demónio. /
És o santo das raparigas, / És o santo de Lisboa, / És o santo do povo. / Tens
uma auréola de cantigas, / E então / Quanto ao teu coração — / Está sempre
aberto lá o vinho novo. // Dizem que foste um pregador insigne, / Um austero,
mas de alma ardente e ansiosa, / Etcetera... / Mas qual de nós vai tomar isso à
letra? / Que de hoje em diante quem o diz se digne / Deixar de dizer isso ou
qualquer outra cousa. // Qual santo! Olham a árvore a olho nu / E não a vêem,
de olhar só os ramos. / Chama-se a isto ser doutor / Ou investigador. // Qual
Santo António! Tu és tu. / Tu és tu como nós te figuramos. // Valem mais que os
sermões que deveras pregaste / As bilhas que talvez não consertaste. / Mais que
a tua longínqua santidade / Que até já o Diabo perdoou, / Mais que o que houvesse,
se houve, de verdade / No que — aos peixes ou não — a tua voz pregou, / Vale
este sol das gerações antigas / Que acorda em nós ainda as semelhanças / Com
quando a vida era só vida e instinto, / As cantigas, / Os rapazes e as
raparigas, / As danças / E o vinho tinto. // Nós somos todos quem nos faz a
história. / Nós somos todos quem nos quer o povo. / O verdadeiro título de
glória, / Que nada em nossa vida dá ou traz, / É haver sido tais quando aqui
andámos, / Bons, justos, naturais em singeleza, / Que os descendentes dos que
nós amámos / Nos promovem a outros, como faz / Com a imaginação que há na
certeza, / O amante a quem ama, / E o faz um velho amante sempre novo. / Assim
o povo fez contigo / Nunca foi teu devoto; é teu amigo, / Ó eterno rapaz. // (Qual
santo nem santeza! / Deita-te noutra cama!) / Santos, bem santos, nunca têm
beleza. / Deus fez de ti um santo ou foi o Papa?... / Tira lá essa capa! / Deus
fez-te santo? O Diabo, que é mais rico / Em fantasia, promoveu-te a manjerico.
// És o que és para nós. O que tu foste / Em tua vida real, por mal ou bem, / Que
coisas ou não-coisas se te devem / Com isso a estéril multidão arroste / Na
nora de erros duns burros que puxam, quando escrevem, / Essa prolixa nulidade,
a que se chama história. / Quem foste tu ou foi alguém, / Só Deus o sabe, e
mais ninguém. // És pois quem nós queremos, és tal qual / O teu retrato, como
está aqui, / Neste bilhete postal. / E parece-me até que já te vi. // És este,
e este és tu, e o povo é teu — / O povo que não sabe onde é o céu, / E nesta
hora em que vai alta a lua / Num plácido e legítimo recorte, / Atira risos
naturais à morte, / E, cheio de um prazer que mal é seu, / Em canteiros que
andam enche a rua. // Sê sempre assim, nosso pagão encanto, / Sê sempre assim!
/ Deixa lá Roma entregue à intriga e ao latim, / Esquece a doutrina e os
sermões. / De mal, nem tu nem nós merecíamos tanto. / Foste Fernando de
Bulhões, / Foste Frei António / Isso sim. / Por que demónio / É que foram
pregar contigo em santo
S. JOÃO // Ó Precursor,
fizeste-la bonita! / Não que teu Cristo, incarnação do Bem / Não seja o teu
Divino Anunciado. / O mal são os que após, sem mística divina, / Nem ternura
cristã, ou só humana, / Meteram a Jesus na cela da doutrina / Com as algemas do
ódio manietado / Para depois manchar de falsa fé / O pobre homem que todo homem
é // A cruel multidão negramente infinita / Que tem sido o algoz ou o ladrão / Da
ingénua humanidade aflita — / Esses que, aqui mesmo, pelos modos, / Dão ao
inferno realização... / Ah, nem podiam ser piores, nem / Que a mulher do Diabo,
se ele a tem, / Os tivesse parido a todos. // Eu bem sei que houve muito santo
e crente, / Muito puro, bondoso e inocente. / Bem sei, bem sei: / Sei-o eu e
sabe-o toda a gente. / Mas esses, cuja alma está em Cristo / São só isto - / Qualquer
remédio que se dissolvesse / No chá que para isso há, / E cujo gosto nele se
perdesse; / O chá fica sabendo só a chá. / Se o remédio faz bem, / Não o sabe
ninguém. / Que o chá não presta, não duvida alguém. // Sabemos isso, e
sabê-lo-ia antes / De todos nós o teu Mestre que viria, / Profeta, Deus e guia
dos errantes. / Quão dolorosamente o saberia! / Sei que houve astros no céu da
fé vazia. / Sei, mas repara que falso isso soa! / Por mais astros que a noite
use brilhantes, / Que Diabo!, a noite não se chama dia. // Ó Precursor!
Fizeste-a boa! // Deliro. Para nós, os de Lisboa, / Não és o precursor de nada.
/ És um rapaz ainda menino / Que tem por missão boa, / Por missão sorridente e
sossegada / Ter ao colo um cordeiro pequenino. // Lá o que esse cordeiro
significa / Não tem cheiro / Para o povo, que tem a alma rica / Da emoção que
não conhece. / Para ele o cordeiro é um cordeiro, / E o menino sorri e a vida
esquece. // O resto são fogueira / E os saltos dados a gritar / Com um medo
exagerado / Feito tudo de maneira / A mostrar / O riso, as pernas e o agrado.
// E quente e anónima a aragem, / Tudo é juventude e viço / Num arraial
multicolor e vasto. / Bonito serviço / Como homenagem / A quem, ainda com
cabeça, foi um casto! // Mas é assim que és / E é assim que serás, / Até que
pisem esta terra os pés / Do último fado que o Destino traz. // Então,
esperamos, eu e todos, / Ver-te «surgir no céu», como quem vence / Tudo que é
realidade ou ilusão / Por o menino ser que lhe pertence / E os seus bons e
santos modos / «Com o cordeirinho na mão», / Como te viu Catulo Cearense. // Mas,
desçamos à terra, / Que, por enquanto, o céu aterra, / Porque antes disso mete
a morte. / Há muita coisa desconhecida / Na tua vida. / Tens muita sorte / Em
ninguém saber da partida / Que em mil setecentos e dezassete / Tu fizeste à
Igreja constituída. / Estavas, eu bem sei, cansado / Com o que a Igreja se
intromete / Com tua vida e o teu divino fado. // E foi então que, para te
vingar / E, à maneira de santo, os arreliar / Desceste mansamente à terra / Perfeitamente
disfarçado / E fizeste entre os homens da razão // Um milagre arrojado, / Mas
cuja assinatura se erra, / Quando em teu dia, S. João do Verão, / Fundaste a
Grande Loja de Inglaterra. // Isto agora é que é bom, / Se bem que vagamente
rocambólico. / Eu a julgar-te até católico, / E tu sais-me maçon. // Bem, aí é
que há espaço para tudo, / Para o bem temporal do mundo vário. / Que o teu
sorriso doure quanto estudo / E o Teu Cordeiro / Me faça sempre justo e
verdadeiro, / Pronto a fazer falar o coração / Alto e bom som / Contra todas as
fórmulas do mal, / Contra tudo que torne o homem precário. / Se és maçon, / Sou
mais do que maçon - eu sou templário. // Esqueço-te Santo. / Deslembro o teu
indefinido encanto. // Meu Irmão, dou-te o abraço fraternal.
S. PEDRO // Tu, que
Diabo!, és velho. / Es o único dos três que traz velhice / Às festas. Tuas
barbas brancas / Têm contudo um ar terno / A que o teu duro olhar não dá razão.
/ Parece que com essas barbas brancas / Por um fenómeno de imitação / Pretendes
ter um ar de Padre Eterno. / Carcereiro do céu, isso é o que és, / Basta ver o
tamanho dessas chaves — / As que Roma cruzou no seu brasão. / Segundo aquele
passo do Evangelho / Do «Tu és Pedro» etcetera (Tu sabes), / Que é, afinal, uma
fraude, / Meu velho, uma interpolação. // Carcereiro do céu, que chaves essas!
/ Nem dão vontade de ser bom na terra, / Se, segundo evangélicas promessas / Vamos
parar, no fim, a um céu claustral. / Isso — fecharem-me — não quero eu, / Nem
com Deus e o que é seu / Que o estar fechado faz-me mal / Até na beatitude do
teu céu, / Entre os santos do paraíso, / (A liberdade Deus dá a Deus — / Um
Deus que não sei se é o teu) / O estar fechado, aqui ou ali, dizia eu / Faz-me
terríveis cócegas no juízo. // Enfim, que direi eu de ti, amigo, / Que não seja
uma coisa morta, / Anti-popular, gongórica, / Por fruste deselegante, / Como de
quem, sem saber nada, exorta. / Começo por duvidar bastante, / Desculpa-me
chaveiro antigo, / De que tivesses existência histórica. // Mas isso, é claro,
não importa / Se nos trazes / A alegriada singeleza / Ou a bondade que não sabe
ter tristeza. / O pior é que nada disso fazes. / O teu semblante é duro e cru /
E as barbas que roubaste ao Deus que tens / Só arrancam aos dandies teus
loquases / Ditos de dandecíssimos desdéns. / Que diabo, és uma série de
ninguéns / O santo são as chaves, e não tu. // Para uns és S. Pedro, o grão
porteiro / Para outros as barbas já citadas, / Para uns o tal fatídico chaveiro
/ Que fecha à chave as almas sublimadas. / Para uns fundaste a Roma do Papado /
(Andavas bêbado ou enganado / Ou esqueceste / O teu Mestre quando o fizeste) / E
para outros enfim, como é o povo / E segundo as ideias que ele faz, / És quem
lhe não vem dar nada de novo — / Umas barbas com S. Pedro lá por trás. / É difícil
tratar-te em verso ou prosa, / Tudo em ti, salvo as barbas, é incerto. / Tudo
teu, salvo as chaves, não tem ser. / E a alma mais humilde é clamorosa / De
qualquer coisa que se possa ver, / Em sonho até, qual se estivesse perto. // Olha,
eu confesso / Que nunca escreveria / Este vago poema, em que me apresso / Só
para me ver livre do teu nada, / Se não fosse para dar o cunho / A este livro
da trilogia / (Santo António, S. João, S. Pedro - / De popular, que bem que
soa!) / Mas por que diabo de intuição errada / É que vieste parar a Junho / E a
Lisboa? // Isto aqui ainda tem / Um sorriso que lhe fica bem, / Que até, até / No
teu dia, / (Ó estupor velho / Com um chavelho,) / Nas ruas / O povo anda com
alegria / É fé, / Não em ti nem nas barbas tuas / Mas no que a alegria é. // Olha,
acabei. / Que mais dizer-te, não sei. / Espera lá, olha. / Roma, fingindo que
viceja, / Lentamente se desfolha. / Um gesto volvente e mudo / Teu último gesto
seja. / Se tens poder milagroso, / Se essas chaves abrem tudo, / Deixa esse céu
lastimoso. / Deixa de vez esse céu, / Desce até à humanidade / E abre-lhe,
enfim, no maior gesto teu, / As portas da Justiça e da Verdade.
[i] La referencia aquí es a la tradición lisboeta de regalar macetas
de albahaca (Manjericos, la "hierba de los enamorados") acompañados
por claveles de papel a los que se adhiere una banderilla en la que se escriben
poemas populares (cuartetas, coplas, cantares, versos), como muestras de amor. (Ver imágen)
![]() |
Clavel de papel con banderilla y una cuarteta popular de Pessoa. |
[ii] El día en que habría sido escrito este poema, el 9 de junio de
1935 (día de pentecostés en la tradición católica), la luna estaba en cuarto
creciente, iluminada en un 47, 82% (de acuerdo con el cálculo astronómico correspondiente
al cielo de Lisboa para esa fecha) lo que, en una noche despejada, puede verse
como recortada diametralmente.
[iii] Posible referencia al poeta y músico brasilero Catulo da Paixão
Cearense (1863-1946), autor, entre otros, de un poema popular titulado O Milagre de São João, publicado en
1914.
Comentarios
1923 es, así pues, el punto de partida: "Se establece a menudo un paralelismo entre Pessoa y la Generación del 27, porque eran los grandes autores del momento; pero olvidamos, sobre todo porque aquella primera traducción pasó desapercibida, que los verdaderos contemporáneos del poeta portugués son los ultraístas". A partir de esa primera traducción, se teje entre Pessoa y nuestro país una relación compleja, como un amor interrumpido, truncado. A Pessoa le marcó siempre su educación inglesa en África del sur. Y que luego nunca salió de Lisboa ni, por supuesto, visitó España. "Él decía que para viajar solo es necesario estar vivo", recuerda Sáez. Pessoa prefería aquellos viajes de cercanía de los que habla en El libro del desasosiego, esas expediciones, algo místicas, que no precisan en absoluto del viaje físico. Pese a ello, a pesar de estar en el mundo solo a través de su ventana en Campo de Ourique, el poeta escribió mucho de afuera, del provenir de iberia, pero -matiza Sáez Delgado- "con aproximaciones más culturales que políticas". ¿Creía el gran poeta portugués en una Iberia grande y unida? "Él creía, más bien, en una especie de confederación de estados vinculados por unas líneas culturales".
1923 es, así pues, el punto de partida: "Se establece a menudo un paralelismo entre Pessoa y la Generación del 27, porque eran los grandes autores del momento; pero olvidamos, sobre todo porque aquella primera traducción pasó desapercibida, que los verdaderos contemporáneos del poeta portugués son los ultraístas". A partir de esa primera traducción, se teje entre Pessoa y nuestro país una relación compleja, como un amor interrumpido, truncado. A Pessoa le marcó siempre su educación inglesa en África del sur. Y que luego nunca salió de Lisboa ni, por supuesto, visitó España. "Él decía que para viajar solo es necesario estar vivo", recuerda Sáez. Pessoa prefería aquellos viajes de cercanía de los que habla en El libro del desasosiego, esas expediciones, algo místicas, que no precisan en absoluto del viaje físico. Pese a ello, a pesar de estar en el mundo solo a través de su ventana en Campo de Ourique, el poeta escribió mucho de afuera, del provenir de iberia, pero -matiza Sáez Delgado- "con aproximaciones más culturales que políticas". ¿Creía el gran poeta portugués en una Iberia grande y unida? "Él creía, más bien, en una especie de confederación de estados vinculados por unas líneas culturales".
1923 es, así pues, el punto de partida: "Se establece a menudo un paralelismo entre Pessoa y la Generación del 27, porque eran los grandes autores del momento; pero olvidamos, sobre todo porque aquella primera traducción pasó desapercibida, que los verdaderos contemporáneos del poeta portugués son los ultraístas". A partir de esa primera traducción, se teje entre Pessoa y nuestro país una relación compleja, como un amor interrumpido, truncado. A Pessoa le marcó siempre su educación inglesa en África del sur. Y que luego nunca salió de Lisboa ni, por supuesto, visitó España. "Él decía que para viajar solo es necesario estar vivo", recuerda Sáez. Pessoa prefería aquellos viajes de cercanía de los que habla en El libro del desasosiego, esas expediciones, algo místicas, que no precisan en absoluto del viaje físico. Pese a ello, a pesar de estar en el mundo solo a través de su ventana en Campo de Ourique, el poeta escribió mucho de afuera, del provenir de iberia, pero -matiza Sáez Delgado- "con aproximaciones más culturales que políticas". ¿Creía el gran poeta portugués en una Iberia grande y unida? "Él creía, más bien, en una especie de confederación de estados vinculados por unas líneas culturales".
Amistades truncadas
Las relaciones de Pessoa con algunos españoles eminentes son, en cierto sentido, como una metáfora de su relación con España. A Unamuno le escribió varias cartas, pero el recio bilbaíno, instalado en otra galaxia estética, ni siquiera se plegó a contestarle. Pessoa, indignado, polemizaría después con el autor de Niebla a cuenta de la centralidad de Castilla. A Gómez de la Serna lo vio una vez, de pasada, en un café, y lo sabemos no por Pessoa, sino por Ramón, que en Pombo escribió, casi a vuelapluma, un fugaz inventario de poetas portugueses con los que un día tertulió en Lisboa. Quizás la mayor correspondencia entre Pessoa y España se diese en los años diez del pasado siglo, cuando el naturalista español Rodríguez Castañé pintó el único retrato hecho en vida del poeta. Y poco más. No tuvo Pessoa grandes amistades aquí, a excepción, quizás, de la mencionada amistad con Del Valle.
Pero España lo resarció de aquel agravio con una extraordinaria acogida póstuma de su obra. "La fuerza de su obra es especialmente grata a los españoles cuando descubren una conciencia tan aguda y cosmopolita, y sus poemas funcionan con extraordinaria fuerza en castellano, si es que no se leen en el portugués original, que tampoco es demasiado difícil para gran número de lectores", se puede leer en el folleto informativo de la muestra. Y algo de eso hay. Sostiene el comisario que esta exposición era necesaria. Que es fascinante cómo la relación de España con Portugal, esa especie de tensión entre cercanía y lejanía, se da de algún modo en vida del poeta. Y que ese manido desinterés de Pessoa por nosotros, sus vecinos, si bien tiene algo de verdad, no es, tampoco, tan cierto como nos parecía.
Qué se puede ver en la exposición
La muestra del BNE trae piezas clave de y sobre Pessoa, como Fernando Pessoa y su creación poética (1955), de Joaquín de Entrambasaguas (1904-1995); Fernando Pessoa (1983), de José Luis García Martín; Libro del desasosiego, de Pessoa; Estudios sobre Pessoa (1984), de Angel Crespo (1926-1995); El texto íntimo: Rilke, Kafka y Pessoa ( 1993), de Fernando Castro Flórez; Lisboa: la ciudad de Fernando Pessoa (2012), de Juan José Vázquez de Avellaneda; Since the desintegration of Spain (carta de 1931 de Pessoa, en la que polemiza con Miguel de Unamuno); el único retrato en vida del poeta, de 1912, obra Adolfo Rodríguez Castañé; Carta astrológica da Segunda República Espanhola ( 1931), de Pessoa; y Poesía, ontología y tragedia en Fernando Pessoa (2012), de Pablo Javier Pérez López.
http://www.elcultural.es/noticias/LETRAS/6383/Pessoa_en_Espana_(otra_vez)_despues_de_muerto
(Saludos cordiales desde Granada -España-)
Me gustaría saber más acerca de la cartas que le envió Fernando Pessoa a Miguel de Unamuno. Me parece poco creíble, y no por el hecho de que don Pessoa haya enviado cartas a un escritor esnob, sino por la semejante estupidez de Miguel de Unamuno por ni siquiera responderle las cartas a un escritor muchísimo más superior a él.